En el presente blog se irán publicando los 40 capítulos de esta novela de ficción geopolítica, escrita bajo pseudónimo por un militar
en la reserva, conocedor de las delgadas líneas que nos separan de una "krisis" definitiva.

Sinopsis

SINOPSIS
El poder económico y político de occidente, que ha dominado el mundo desde el final de la guerra fría, está a punto de sucumbir
amenazado por una crisis definitiva.
Norteamericanos y europeos acuerdan medidas que rompen el libre comercio global, arrastrando a los
países emergentes hacia el fantasma de su pasada pobreza.
Mientras, los movimientos radicales islámicos avanzan en una unión que resucite
el antiguo esplendor de los califatos y su poder para erradicar a los infieles
de la nueva Babilonia.

La novela narra la terrible espiral de acontecimientos que se suceden en un mundo enfrentado a un destino que nadie quiso imaginar, a una prueba en la que se
decidirá el futuro de los pueblos o su destrucción. En medio de todo ello, personas normales y corrientes, héroes anónimos
y líderes de los países más poderosos del
mundo, se enfrentan a sus propios temores y miserias, intentando sobrevivir en la tempestad de fuego
que se abate, repentinamente, sobre todos ellos.

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Introducción




Un polvo denso entraba en el interior del vehículo pese a las ventanillas cerradas y flotaba entre ellos lentamente, como si fuera ajeno a los terribles baches del camino. El hombre sentado junto al conductor respiró con dificultad aquel aire cargado de partículas, mientras se agarraba con todas sus fuerzas para evitar salir despedido. El gesto enjuto y duro de su rostro ocultaba una gran agitación. Tras años de vagar por la gastada superficie del mundo, esquivando el peligro detrás de la última noticia, del último sangriento suceso; ahora este rumor… un premio gordo, en el improbable caso de ser cierto, claro.

De repente, el vehículo se detuvo derrapando entre una nube de aquel maldito polvo. El reportero miró confundido hacia el exterior, pero nada parecía haber cambiado en el pedregoso paisaje que les rodeaba. Frente a ellos,  la uniforme línea del horizonte se rompía por lo que parecían acumulaciones de rocas. Aguzando la vista, pudo distinguir junto a ellas varias figuras que les esperaban.


Su guía se bajó del coche e hizo ademanes para que le siguiera hacia allí, solo cuando se fue aproximando más, advirtió que las grandes rocas dispersas aquí y allá eran en realidad humildes casas de adobe. El guía habló durante unos minutos con los ancianos que les esperaban, mientras el reportero optó por permanecer a cierta distancia de ellos, lanzando inquietas miradas hacia la aldea.

Varios  niños jugaban entre las casas con un balón de trapos y más allá dos ancianos conducian con sus varas un pequeño grupo de cabras hacia el pozo, situado en el centro de la aldea. Junto a las entradas de las humildes viviendas, algunas mujeres se afanaban en moler cereales en morteros de piedra, cubiertas de pies a cabeza con aquellos siniestros atuendos oscuros.

El reportero tragó saliva nervioso, aquellas mujeres embozadas en sus prisiones negras le ponían los pelos de punta. En su mente iban asociadas a todo aquello que más miedo le daba: el fanatismo brutal de los extremistas, su sed de sangre y muerte, en especial de occidentales y con frecuencia, de periodistas. Esa amenaza latente se le manifestaba repetidamente desde que estaba en aquella parte del mundo como un fantasma de helada crueldad, cada vez que se cruzaba con la mirada dura de un anciano, en los murmullos graves que escuchaba tras él a su paso por las polvorientas calles o en la figura siniestra y amenazadora de aquellas mujeres cubiertas como espectros de odio.

Incómodo por la visita de su fantasma y por el tremendo calor, que ahora podía sentir directamente sobre la piel, se decidió a acercarse a su guía y a los ancianos con los que hablaba. La conversación parecía amigable, pero la irrupción del reportero, pidiendo a su guía brevedad, cambió la actitud de aquellos enjutos hombres. Al principio no parecían muy dispuestos a contestar las secas preguntas, pero finalmente  señalaron hacia las casas varias veces. Por fin el guía se giró hacia él:

-       Mala suerte señor Hans, el Clérigo ha estado aquí, pero los ancianos dicen que se ha ido hace apenas media hora.
-       ¿Seguro que era la persona que buscamos?.
-       Sí, era el Clérigo, todos en la aldea le conocen, al parecer aquí vive un familiar y no es la primera vez que pasa a visitarlo.- los ojos oscuros de su guía le miraban con cierta impaciencia.
-       Hace media hora… – el reportero alzó su vista a lo lejos, como si pudiera descubrír allí el objeto de su deseo, pero sabía que era imposible - ¿A dónde ha ido?...tenemos que dar con él – lo dijo sin convicción, sabiendo ya que había perdido la oportunidad de entrevistar a uno de los hombres más perseguidos por Occidente, un líder islamista que pasó de predicar la moderación a fustigar sin límites la diabólica influencia que europeos y americanos ejercían, a su juicio, sobre el mundo musulmán.

-       Si quiere podemos ir a ver a su abuelo… - le dijo el guía poco convencido – quizá él sepa donde ha ido.

Hans le miró y vió claramente que sería inútil, así que negó con la cabeza aún más abatido. Aquellas personas jamás confiarían en un occidental, sabían que el Clérigo era un objetivo para los americanos. Se alejó con el rostro endurecido, mientras le dominaba una amarga cólera por la mala suerte que había tenido. Si solo hubiese recibido el soplo una hora antes…

En ese momento escuchó un agudo silbido… apenas alcanzó a girar levemente su cabeza antes del brutal impacto. Una ola de calor le envolvió y le lanzó por los aires haciéndole perder el sentido.

Cuando recuperó la consciencia tosió con fuerza para expulsar la tierra que había en su boca. Se encontraba mareado y confundido, pero inmediatamente el recuerdo de lo que había pasado saltó a su mente como un fogonazo. Se levantó todo lo deprisa que pudo, sintiendo dolor en cada movimiento.

El paisaje pedregoso seguía allí,  aplastado bajo el sol. Nada parecía haber  cambiado, salvo por la lenta seta de humo negro que ya iba dispersándose frente a él.  Su vista confundida, bajó hasta encontrarse con los dos ancianos que yacían en el suelo gimiendo de dolor y alzando sus manos suplicantes hacia el guía, que les hablaba nervioso, mientras improvisaba vendas con trozos de su camisa. Más allá, casi todas las casas habían desaparecido, dispersadas por el pedregal como piezas de un puzle brutalmente golpeado. Confome se iba acercando con paso inseguro, pudo distinguir los cuerpos tirados aquí y allá, docenas de ellos, algunos como simples bultos de ropa, otros contorsionados en posturas de un baile macabro y horrible. Estrellas de roja sangre salpicaban los escasos muros aún en pié, rociados de negros agujeros de metralla y en el centro de todo, como un ojo siniestro, el negro cráter humeante, maligno, hipnotizador, del que su mirada ya no pudo escapar.