Un polvo denso entraba en el interior del
vehículo pese a las ventanillas cerradas y flotaba entre ellos lentamente, como
si fuera ajeno a los terribles baches del camino. El hombre sentado junto al
conductor respiró con dificultad aquel aire cargado de partículas, mientras se
agarraba con todas sus fuerzas para evitar salir despedido. El gesto enjuto y
duro de su rostro ocultaba una gran agitación. Tras años de vagar por la
gastada superficie del mundo, esquivando el peligro detrás de la última noticia,
del último sangriento suceso; ahora este rumor… un premio gordo, en el
improbable caso de ser cierto, claro.
De repente, el vehículo se detuvo derrapando entre
una nube de aquel maldito polvo. El reportero miró confundido hacia el
exterior, pero nada parecía haber cambiado en el pedregoso paisaje que les
rodeaba. Frente a ellos, la uniforme
línea del horizonte se rompía por lo que parecían acumulaciones de rocas.
Aguzando la vista, pudo distinguir junto a ellas varias figuras que les
esperaban.
Su guía se bajó del coche e hizo ademanes para
que le siguiera hacia allí, solo cuando se fue aproximando más, advirtió que
las grandes rocas dispersas aquí y allá eran en realidad humildes casas de
adobe. El guía habló durante unos minutos con los ancianos que les esperaban,
mientras el reportero optó por permanecer a cierta distancia de ellos, lanzando
inquietas miradas hacia la aldea.
Varios niños
jugaban entre las casas con un balón de trapos y más allá dos ancianos
conducian con sus varas un pequeño grupo de cabras hacia el pozo, situado en el
centro de la aldea. Junto a las entradas de las humildes viviendas, algunas
mujeres se afanaban en moler cereales en morteros de piedra, cubiertas de pies
a cabeza con aquellos siniestros atuendos oscuros.
El reportero tragó saliva nervioso, aquellas
mujeres embozadas en sus prisiones negras le ponían los pelos de punta. En su
mente iban asociadas a todo aquello que más miedo le daba: el fanatismo brutal
de los extremistas, su sed de sangre y muerte, en especial de occidentales y
con frecuencia, de periodistas. Esa amenaza latente se le manifestaba
repetidamente desde que estaba en aquella parte del mundo como un fantasma de
helada crueldad, cada vez que se cruzaba con la mirada dura de un anciano, en
los murmullos graves que escuchaba tras él a su paso por las polvorientas
calles o en la figura siniestra y amenazadora de aquellas mujeres cubiertas
como espectros de odio.
Incómodo por la visita de su fantasma y por el
tremendo calor, que ahora podía sentir directamente sobre la piel, se decidió a
acercarse a su guía y a los ancianos con los que hablaba. La conversación
parecía amigable, pero la irrupción del reportero, pidiendo a su guía brevedad,
cambió la actitud de aquellos enjutos hombres. Al principio no parecían muy
dispuestos a contestar las secas preguntas, pero finalmente señalaron hacia las casas varias veces. Por
fin el guía se giró hacia él:
- Mala suerte señor Hans, el Clérigo ha estado
aquí, pero los ancianos dicen que se ha ido hace apenas media hora.
- ¿Seguro que era la persona que buscamos?.
- Sí, era el Clérigo, todos en la aldea le conocen,
al parecer aquí vive un familiar y no es la primera vez que pasa a visitarlo.-
los ojos oscuros de su guía le miraban con cierta impaciencia.
- Hace media hora… – el reportero alzó su vista
a lo lejos, como si pudiera descubrír allí el objeto de su deseo, pero sabía
que era imposible - ¿A dónde ha ido?...tenemos que dar con él – lo dijo sin
convicción, sabiendo ya que había perdido la oportunidad de entrevistar a uno
de los hombres más perseguidos por Occidente, un líder islamista que pasó de
predicar la moderación a fustigar sin límites la diabólica influencia que
europeos y americanos ejercían, a su juicio, sobre el mundo musulmán.
- Si quiere podemos ir a ver a su abuelo… - le
dijo el guía poco convencido – quizá él sepa donde ha ido.
Hans le miró y vió claramente que sería inútil,
así que negó con la cabeza aún más abatido. Aquellas personas jamás confiarían
en un occidental, sabían que el Clérigo era un objetivo para los americanos. Se
alejó con el rostro endurecido, mientras le dominaba una amarga cólera por la
mala suerte que había tenido. Si solo hubiese recibido el soplo una hora antes…
En ese momento escuchó un agudo silbido… apenas
alcanzó a girar levemente su cabeza antes del brutal impacto. Una ola de calor
le envolvió y le lanzó por los aires haciéndole perder el sentido.
Cuando recuperó la consciencia tosió con
fuerza para expulsar la tierra que había en su boca. Se encontraba mareado y confundido,
pero inmediatamente el recuerdo de lo que había pasado saltó a su mente como un
fogonazo. Se levantó todo lo deprisa que pudo, sintiendo dolor en cada
movimiento.
El paisaje pedregoso seguía allí, aplastado bajo el sol. Nada parecía haber cambiado, salvo por la lenta seta de humo
negro que ya iba dispersándose frente a él.
Su vista confundida, bajó hasta encontrarse con los dos ancianos que yacían
en el suelo gimiendo de dolor y alzando sus manos suplicantes hacia el guía,
que les hablaba nervioso, mientras improvisaba vendas con trozos de su camisa.
Más allá, casi todas las casas habían desaparecido, dispersadas por el pedregal
como piezas de un puzle brutalmente golpeado. Confome se iba acercando con paso
inseguro, pudo distinguir los cuerpos tirados aquí y allá, docenas de ellos, algunos
como simples bultos de ropa, otros contorsionados en posturas de un baile
macabro y horrible. Estrellas de roja sangre salpicaban los escasos muros aún
en pié, rociados de negros agujeros de metralla y en el centro de todo, como un
ojo siniestro, el negro cráter humeante, maligno, hipnotizador, del que su
mirada ya no pudo escapar.