En el presente blog se irán publicando los 40 capítulos de esta novela de ficción geopolítica, escrita bajo pseudónimo por un militar
en la reserva, conocedor de las delgadas líneas que nos separan de una "krisis" definitiva.

Sinopsis

SINOPSIS
El poder económico y político de occidente, que ha dominado el mundo desde el final de la guerra fría, está a punto de sucumbir
amenazado por una crisis definitiva.
Norteamericanos y europeos acuerdan medidas que rompen el libre comercio global, arrastrando a los
países emergentes hacia el fantasma de su pasada pobreza.
Mientras, los movimientos radicales islámicos avanzan en una unión que resucite
el antiguo esplendor de los califatos y su poder para erradicar a los infieles
de la nueva Babilonia.

La novela narra la terrible espiral de acontecimientos que se suceden en un mundo enfrentado a un destino que nadie quiso imaginar, a una prueba en la que se
decidirá el futuro de los pueblos o su destrucción. En medio de todo ello, personas normales y corrientes, héroes anónimos
y líderes de los países más poderosos del
mundo, se enfrentan a sus propios temores y miserias, intentando sobrevivir en la tempestad de fuego
que se abate, repentinamente, sobre todos ellos.

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CAPITULO 3





Las enormes rampas de acceso al puente de la Bahía de Chesapeake se hicieron visibles tras una pequeña colina, cuando el potente todoterreno aceleró por la autopista, superando el desnivel. En su interior, un matrimonio discutía con la soltura y naturalidad propias de una práctica habitual. Las frases eran breves y rápidas, el tono cortante pero comedido y la expresión de sus rostros fría y tensa. A cualquier observador ajeno, le hubiera dado la impresión de ser una discusión en público, en la que la pareja aún intentaba controlarse para evitar una escena. Sin embargo, estaban en el interior de su vehículo privado y sólo la rígida educación puritana que habían heredado de sus respectivas familias, podía explicar que no se produjera un estallido mayor.

 Al volante del elegante vehículo, Charles W. Morris lucía un impecable uniforme de comandante de la Marina de Estados Unidos. En la pantalla del navegador situado a la derecha del volante, por fin apareció el punto rojo de destino: la mansión de su familia en Kent Island, donde esa noche celebrarían la tradicional reunión familiar con motivo del cumpleaños de su padre, el almirante retirado Chester W. Morris. 

El viejo lobo de mar era un estricto marino heredero de una tradición centenaria. Sin embargo, pese a parecer algo cáustico y seco en su trato profesional, siempre se había comportado como un padre cariñoso y comprensivo. Quizá el hecho de que sus hijos varones demostraran una tendencia natural hacia el servicio en la marina, evitó un encontronazo con el verdadero carácter del almirante en el seno familiar. La fama de oficial duro, exigente e incluso tiránico en los momentos difíciles; sólo había llegado de forma indirecta a sus oídos. Para toda la familia, el viejo almirante siempre había sido un hombre pacífico y alegre.

En el fondo Charles se sentía contento por poder reunirse con su familia, pese a no estar atravesando un momento ideal en su matrimonio. Sin duda, las relucientes y doradas hojas de roble, que adornaban la visera de su gorra de oficial naval desde hacía una semana, proporcionarían a su padre una profunda alegría.

- Eres un maldito estúpido Charles, vives en tu mundo aparte sin importarte para nada la vida de los demás, especialmente la mía – le recriminó en aquellos momentos su mujer, una atractiva rubia de ojos verdes, heredera de una de las más antiguas familias de Maryland.- Jamás te perdonaré la vergüenza que me has hecho pasar con los Van Dick.

-  Por Dios Gloria, déjalo ya. Esos esnobs de los Van Dick me tienen harto con sus críticas sin fundamento.- Charles, pese a su contención, estaba visiblemente irritado.- Al menos podrían informarse un poco más antes de emplear esas gastadas quejas sobre torturas y crímenes de guerra. – la mirada de Charles se oscureció de rabia – Siempre lo mencionan, con ese tono de reproche cínico e insoportable. ¿Acaso insinúan que todos los militares de este país somos unos torturadores?. ¡Por Dios, no soporto a los que sólo hablan de los errores, dando la razón a nuestros enemigos!. Se regodean en criticar sin más, cuando lo cierto es que jamás podrían mantener su estúpida forma de vida sin la protección de nuestros soldados allá afuera.

-  Pareces un nazi, querido, sin duda esos nuevos galones a los que miras con más frecuencia que a mí, te han trastornado. Nuestros chicos, como tú los llamas, deberían estar de vuelta en sus casas y dedicarse a trabajos útiles y a sus familias. George lo ha expresado de una forma magistral y tú sólo has contestado con los mismos argumentos vacíos que repiten machaconamente los belicosos paletos de la Casa Blanca.

- Bien, ya salió el magnífico George Van Dick en tu conversación, lo cual no me sorprende lo más mínimo. Ya que hablamos de trastornos, este es un buen ejemplo. Últimamente te noto algo enamoradiza cariño, espero que ese estirado hijo de papá no sea tu último capricho platónico, sería insoportable tener que oírte hablar sobre él durante los próximos meses.

-  Dudo mucho que en los próximos meses me oigas hablar de nada - le miró altivamente, levantando su barbilla en un gesto desafiante. - Te recuerdo que me niego en redondo a trasladarme a ese absurdo país al que pretendes ir con tu barquito.

- Bien querida, que yo sepa no tienes ninguna dedicación profesional conocida que te obligue a permanecer aquí. Sin embargo, te recuerdo que tu marido sí. Acabo de recibir el mando de un navío de guerra de los Estados Unidos y ese navío y su dotación han sido destinados a la base naval de Rota. Te recuerdo también que si no me incorporo a mi puesto seré juzgado como desertor y perderé mi rango y seguramente mi libertad personal. ¡Y por último, te recuerdo querida que estamos casados y debes acompañarme donde tenga que ir! – le dijo levantando ya claramente la voz y mirándola con intensidad.

- Oh, cielos, a tus órdenes, se presenta la sumisa esposa para el servicio – con una cínica sonrisa, la bella mujer se llevó una mano lánguida a la frente, mientras observaba divertida su reacción. Luego, sacó su pitillera y se dispuso a encender un largo cigarrillo. – Me aburres querido, no sé si piensas que soy una estúpida o realmente es un problema tuyo, quizá supones que todos somos marineritos de tu bonito barco, sometidos a tu voluntad. – lanzó una bocanada de humo hacia su marido. - Siento desilusionarte, pero fuera de tu estúpido mundo de chalados no eres más que un tipo cualquiera.

- Bueno, vamos a dejarlo por ahora. Ya estamos llegando a la casa. Haz el favor de comportarte con mi familia, ellos siempre te han tratado bien. No es necesario que sufran nuestra desagradable conversación íntima.

- Ja, ja, ja. ¿Íntima?. Desde luego esto es lo más íntimo que hemos tenido en semanas.

- ¡Basta! – le dijo él, mirándola fijamente y arrastrando la palabra entre dientes como una amenaza, mientras paraba el vehículo en el porche circular de la gran mansión.

   La casa era una notable mansión victoriana de estilo Reina Ana, con un magnífico torreón y un porche corrido, rematado en uno de sus extremos por una glorieta circular. La propiedad, a orillas de la bahía de Chesapeake, tenía su propio muelle con varias embarcaciones de recreo, debilidad del padre de Charles, nostálgico marino retirado, ya excesivamente mayor para navegar, pero incapaz de deshacerse de ellas.

Salió a recibirles al Hall la madre de Charles, una delgada anciana que aún conservaba ágiles movimientos y un inconfundible porte aristocrático. Dedicó besos y cariñosas palabras a ambos mientras les acompañaba al interior. Como siempre habían llegado los últimos, pese a que vivían a unas dos horas en coche de distancia. Ya estaban todos allí, reunidos en torno a la gran chimenea del salón principal, donde el viejo almirante les contaba su última aventura. Puesto en pie junto al fuego, tenía un aspecto imponente pese a su edad. Alto y de anchos hombros, su abundante cabellera de pelo corto y blanco, junto a su barba espesa y cuidada, le daban una apariencia externa de gran fortaleza, reforzada por un potente vozarrón de viejo lobo de mar.

- Juro que jamás encontré un hombre más obstinado que aquel maldito centinela - explicaba en aquellos momentos.- De nada sirvió decirle una y otra vez que había llegado allí involuntariamente. ¡ Como si no supiera yo que aquella orilla pertenecía a la Academia Naval!. El muy estúpido insistía en cachearme para ver si llevaba armas o explosivos. – el viejo almirante se llevó un dedo a la sien girándolo para indicar lo chiflado que le parecía aquel sujeto.- Me dijo que eran medidas usuales ante la amenaza de un atentado, el pobre no alcanzaba a comprender que no era más que un inofensivo viejo en bermudas, que se había quedado a la deriva sin combustible en su barca. Menuda cara puso cuando le enseñé mis credenciales, menos mal que siempre hago caso a vuestra madre y las llevo encima. – giró la vista hacia su esposa - ¡Ah, ya está aquí Charles!.

Se dirigió con paso rápido hacia su primogénito, abriendo los brazos con una gran sonrisa. Charles se fundió con él en un sincero abrazo, notando como siempre en los últimos años, la creciente fragilidad del anciano, muy distinta al poderoso apretón de sus brazos cuando era un cadete de la marina que llegaba a casa de permiso.

-  Demonios Anne, mira tu hijo convertido en todo un Comandante de la Marina de los Estados Unidos y al mando de un  poderoso destructor de la flota del Mediterráneo. ¿No es cierto hijo?.- el viejo almirante emocionado miraba a su hijo mayor con ojos brillantes.

-  Cierto padre. El USS Jason Dunham. – Charles no pudo reprimir una oleada de orgullo al ver la expresión de su padre y recordar el magnífico buque atracado en la base naval de Norfolk y la conmovedora y sencilla historia de valor y heroísmo, asociada a su nombre.

-  No dejes de honrar la memoria de ese nombre, ni permitas que nadie la mancille. – le dijo su padre repentinamente serio.- Gloria.- saludó casi sin mirar a su nuera, pasando un brazo por los hombros de su hijo y dejándola atrás mientras se encaminaban hacia las grandes puertas correderas del comedor que se abrían al fondo de la estancia. Entonces, dirigiéndose a su mujer con nuevos bríos, bramó.- ¡Diablos Anne, nos morimos de hambre a menos de dos brazas de la comida!. Será mejor que pasemos al comedor. ¿No crees querida?.

   En la gran mesa del comedor, presidida por un enorme y suculento pavo asado, rodeado de numerosas bandejas de sabrosas guarniciones, se fueron acomodando todos los presentes. Junto a los padres de Charles, había venido para la ocasión la tía Agnes, única hermana del viejo almirante, que nunca se perdía esta reunión familiar, pese a residir en la lejana Florida. También estaba la hermana de Charles, Christine, que le seguía en edad y su marido Kevin, un ejecutivo del Fondo Monetario Internacional. Eran una pareja típica de clase media-alta, con dos hijos varones y una bonita casa de dos plantas en Bethesda. Su hijo pequeño les acompañaba, ya que la chica que lo cuidaba había enfermado y no habían podido encontrar otra canguro a tiempo. No hacía falta observar mucho rato al pequeño Troy, para comprender porqué sus padres no hacían más que repetir a modo de disculpas la historia de la canguro enferma. Con siete años y un evidente problema de hiperactividad y agresividad, el pequeño Troy había ya profanado con sus zapatos el sofá estampado del salón y jugaba ahora peligrosamente con un plato de la vajilla Royal Stafford, que la señora Morris sólo sacaba en las ocasiones muy especiales. El viejo almirante observaba a su nieto entre preocupado y divertido, mientras escuchaba el parloteo nervioso de su hija.

Frente a Charles se sentó su hermano pequeño Richard, muy elegante con su uniforme de teniente naval. Hacía ya casi tres años que se había graduado en Annapolis, pero jamás había embarcado, sus aspiraciones le llevaron a ingresar en el curso de oficiales SEAL, cuerpo de élite de operaciones especiales de la armada. Sin embargo, tras duros años de entrenamiento y pocos meses después de conseguir su graduación como oficial en aquella prestigiosa unidad, una desgraciada lesión de rodilla había echado por la borda sus aspiraciones. Tras un período de rehabilitación de varios meses, había solicitado su vuelta al servicio naval embarcado y estaba esperando destino. Para todos en la familia el joven Rick, como le llamaban familiarmente, era muy querido, pero aquel desgraciado incidente les impulsó a mimarle aún más, hasta el punto de llegar a irritar levemente el bondadoso carácter del muchacho. Ahora, tras ver truncada su carrera en el servicio de operaciones especiales, surgía de nuevo ante él la figura de su hermano mayor como un ejemplo a seguir, el mejor guía para un joven deseoso de servir con honores en la marina, continuando la senda de su respetado padre. 

A Charles le encantaba la conversación con su hermano menor, quizá porque siempre estuvieron muy unidos y los deberes de la temprana vocación naval de ambos los separaron desde muy jóvenes. Había estado muy preocupado por la desgraciada salida de su hermano de los SEAL, temiendo que aquello pudiera conducirle a la depresión o a abandonar la armada. Pero las noticias de su reincorporación al servicio, la animada conversación del muchacho y la admiración con que miraba sus galones, le recordaron a él mismo hacía años, logrando calmar por completo sus temores y hacerle sentir rejuvenecido y lleno de entusiasmo.

-  ¿Sabes que ya me han asignado destino?.- le dijo Rick, sorprendiéndole agradablemente.- Ya se lo he contado al almirante cuando llegué esta tarde.- continuó señalando con un gesto de la cabeza al padre de ambos que, sin embargo, no estaba siguiendo la conversación, ya que observaba horrorizado como su nieto dejaba caer una copa en el interior de la gran salsera situada junto al asado.

-  ¿De veras?, no sabía nada. ¡ Diablos muchacho, enhorabuena!. Me alegro mucho por ti. Y dime, ¿cuál será tu primer buque?.- le preguntó Charles con evidente interés.

-  Bueno, no es gran cosa -  Rick parecía algo cohibido por los galones y el espléndido mando de su hermano – sólo se trata de un viejo patrullero de la clase Ciclone: el USS Tempest.

-  ¡Pero bueno, yo conozco a un amigo que sirvió en ese barco!. 

- ¿En serio?.

- Si hombre, como se llamaba… Bill Stepton o Steppelton, sí Steppelton. Desde luego que sí, el viejo Bill, también comenzó en ese patrullero, ¿sabes?. Contaba unas historias muy divertidas sobre el capitán y sus encontronazos con los extravagantes chicos de operaciones especiales que debían transportar a menudo.

-  Oh, bueno, desde luego son bastante extraños. He tenido oportunidad ya de tratar con alguno de ellos. Supongo que es el entrenamiento o algo así - bromeó Rick con gesto que intentaba ser despreocupado, aunque su hermano pensó por un momento que había cometido un error mencionando a los SEAL, sin embargo su hermano menor pareció desplegar un sano interés por el asunto - ¿Puedes recordar alguna de esas historias del Tempest?.

- ¡Desde luego!, hay una que no olvidaré fácilmente, creo que incluso llegó algún rumor a la prensa. En cierta ocasión, al parecer, el teniente al mando de los SEAL asignados al Tempest, al volver de una misión en una apartada costa selvática de Centroamérica, insistió en embarcar un enorme cerdo salvaje que habían capturado vivo. Según contaba el viejo Bill, aquel estúpido teniente llegó a encañonar al capitán del Tempest ante su negativa a subir a bordo semejante bestia. Según parece, los SEAL estaban buscando una mascota para su unidad y el coronel les había ordenado que aprovecharan aquella misión para capturarla, con expresa indicación de que debía ser el animal más salvaje y fiero que encontraran.

-  No puedo creerlo.

- Pues es totalmente cierto hijo mío – intervino el almirante que acababa de coger el hilo de la conversación.- Pero lo más increíble fue lo que le pasó finalmente al cerdo de los SEAL y como estos encontraron al fin una mascota para su coronel.

-  Vaya padre, - se sorprendió Charles – no sabía que conocieras esa historia.

- Mi querido chaval, tu padre conoce más de mil historias de la Marina de los Estados Unidos y varios cientos de otras marinas del mundo. Lo cierto es que el viejo Thomas Grinnell, capitán del Tempest por aquellos entonces, estuvo bajo mi mando como teniente en el USS Abbot, en los años sesenta, cuando estuvimos a punto de echar a pique a unos cuantos soviéticos que intentaban llegar a Cuba.

-  ¿A sí que el capitán Grinnell y tú os conocéis?.

-  Si hijo y recuerdo perfectamente su versión de los hechos acaecidos en el Tempest, – se interrumpió bruscamente para dirigirse con potente vozarrón a su hija. – ¡Christine, dile a tu hijo que si no cesa inmediatamente de sumergir sus dedos en la fuente del puré de patatas, le obligaré a hacer una guardia de cuatro horas en lo alto del torreón!.

-  Si…sí padre.

- Según parece – continuó el viejo almirante, recuperando la calma como por ensalmo - aquel terrible cerdo salvaje era realmente un monstruo de más de doscientas libras, con un humor macabro y asesino. A los pocos días  de subir a bordo, había conseguido escapar de su encierro rompiendo la puerta de la jaula de aves del pañol de suministros, donde lo habían instalado. Hirió al encargado del pañol y a dos SEAL que habían ido a restablecer el orden. Pronto se hizo dueño del pañol, sin que nadie de la tripulación se viera en condiciones de acceder al mismo conservando su integridad física. – detuvo la narración para mirar fijamente a su hijo mayor – Diablos Charles no sé a qué esperas para echar un poco más de vino en las copas. ¿Acaso no ves que están vacías, mentecato?.

- Jesús padre, ¿y cómo acabó todo?. – le preguntó divertido e interesado Rick, mientras saboreaba el vino que acababa de servir su hermano mayor.

-  El cerdo llegó dos días después a la base naval de Tampico, dueño absoluto de las provisiones del barco, cuya dotación estaba pasando verdaderas penalidades. Tuvieron que llamar a los servicios veterinarios para que drogaran a la bestia, ya que era imposible usar armas de fuego, con el pañol de municiones justo encima. Cuando el comandante en jefe de la base se enteró de la historia, obligó al coronel de los SEAL a cocinar aquel enorme cerdo para la dotación del Tempest, que lo disfrutó en una memorable barbacoa celebrada en el propio muelle, a la vista de todos, con servicio de catering por cortesía de los SEAL. Poco después, el comandante en jefe de la estación naval le envió al coronel de los SEAL la cabeza del cerdo disecada, con una inscripción que decía: “Quien el cerdo embarca, el tocino enmarca”.

- Querido, que historia más absurda le estás contando a los chicos. – la señora Morris interrumpió su animada conversación con la tía Agnes y Christine, para reconvenir a su marido. - Espero que no se dediquen a hacer semejantes tonterías en sus barcos – parecía realmente escandalizada, pero no era cierto. Con una encantadora sonrisa se dirigió a su nuera, que sombría no había dirigido la palabra a nadie aún. – Bueno hija, ¿ya estáis preparando la partida a España?. Vaya, espero que Charles pronto se organice en su nuevo destino y podáis disfrutar de las preciosas playas y la estupenda comida de allí. El viejo señor Morris y yo estuvimos en Andalucía en el 76 creo…

-  Mire señora, yo no pienso ir a España. No se me ha perdido nada allí - la interrumpió con acritud - Ya le he dejado muy claro a su hijo que me parece totalmente absurda esta situación. Cientos de barcos aparcados a lo largo de todo Maryland y Virginia, y él tiene que elegir uno que va al otro lado del mundo.


- Jovencita, - le dijo el almirante con expresión grave - dudo mucho que el juez Covington apruebe la frivolidad con que su hija se expresa en esta casa. Me veo obligado a recordarte tus deberes como esposa y como miembro de una de las familias más respetadas de este país. Tu marido debe ir a ultramar para servir a nuestra nación y tú debes acompañarle y apoyarle.


- ¿Mis deberes como esposa? – gritó furiosa la aludida, mirando con vista desenfocada a su suegro. Todos advirtieron en ese momento horrorizados, que ella había estado bebiendo demasiado vino, sin probar casi bocado.- Estupendo, hablemos de deberes maritales, más bien de omisiones en el cumplimiento del deber, como el de practicar el coito regularmente con su esposa. Debo decirle, querido suegro, que su hijo será un tiburón de los mares, pero en la cama se comporta como un arenque.

   Un tenso silencio se cernió sobre el amplio comedor familiar. Charles, rojo de ira y humillación, miraba intensamente a aquella mujer que había amado. La pobre señora Morris, se tapaba la boca conmocionada, con lágrimas en los ojos.

- Ofreces un espectáculo lamentable, Gloria Covington, indigno de tu apellido – bramó el almirante, llamándola premonitoriamente por su nombre de soltera - No consiento que hables así de mi hijo. No tienes autoridad moral alguna para hablar de esa manera en mi casa. Sabemos por Charles que te niegas a tener descendencia y te diré con toda claridad, ya que parece que te gusta hablar sin tapujos, que le hemos aconsejado repetidamente el divorcio. Francamente, no te consideramos una digna esposa para él. Sólo el enorme y estúpido amor que siente por ti ha permitido que aún entres en esta casa.

-  Bien, en ese caso mi querido suegro, creo que hemos llegado a un satisfactorio entendimiento. Adiós Charles – dijo levantándose con cierto tambaleo – ya veo que no sólo me desprecias para irte al extranjero, sino que además eres incapaz de mantener en secreto nuestras intimidades. Te enviaré los papeles del divorcio a esa estúpida base a la que te vas. Buenas noches. 


La vieron dirigirse a la salida, donde unos minutos después vino un taxi a recogerla. La familia Morris había perdido el apetito tras la escena, pero poco a poco fueron recuperando el ánimo y la conversación.

- Je, je. ¡ Menudo carácter, eh!. Bueno Charles creo que es lo mejor – su cuñado Kevin, intentó quitar importancia al asunto. - Por cierto, conozco a un abogado matrimonialista de primera, agresivo y eficaz. Ya sabes, con la hija de un juez federal uno nunca puede fiarse. Hay muchos bufetes de primer nivel que estarían encantados de complacer al viejo James Covington y, sinceramente, creo que debes temer lo peor por parte de Gloria.

-  Gracias Kevin, espero que no sea necesario llegar a eso.

-  Ah, el joven Kevin, tan retorcido como siempre – intervino el almirante – lo cierto es que tiene toda la razón hijo, su trabajo le ha preparado para reconocer los peligros domésticos que nos rodean en este mundo. Por cierto Kev, ¿Cómo van las cosas en la oficina?.¿A quién estáis estrujando ahora?.

-  Bueno almirante, podría decirse que estamos a punto de abordar el galeón del tesoro chino - la leve sonrisa torcida y los ojos de helado color azul pálido del directivo del Fondo Monetario Internacional, evocaron la expresión de un auténtico pirata en pos de su presa - Estamos reforzando la presión sobre su moneda para debilitar aún más su posición. Esos orgullosos orientales han sufrido mucho en los últimos tiempos y esperamos que firmen un acuerdo ventajoso dentro de poco. Desde luego no están en condiciones de resistir mucho más.

-  Vaya, vaya,  parece que nuestros ejecutivos son unos chicos duros de verdad – observó el almirante socarrón, mientras su yerno miraba orgullosamente a todos los presentes con una gran sonrisa fanfarrona –. Espero que no nos llevemos todos una sorpresa. No es buena idea azotar una y otra vez al mastín, si la correa que lo sujeta es demasiado fina.

-  La correa aguantará señor. Y el mastín acabará por tumbarse en el suelo panza arriba dando lametazos y suplicando clemencia. – el ejecutivo del FMI hablaba ahora con una vanidad sin disimulos – Estados Unidos por fin ha afianzado su poder absoluto sobre el sistema financiero mundial y no permitirá que se nos vuelva a arrebatar. Además, este no será el primer gigante que eliminemos, recordad lo que sucedió con los soviéticos. No negaré su mérito, señor, - dijo respetuosamente dirigiéndose al almirante – como patriota admiro a nuestras fuerzas armadas, en especial a nuestra Marina de Guerra, la más poderosa del mundo con diferencia. Sin embargo, los reveses financieros y comerciales que podemos infringir a nuestros adversarios, harán innecesario el uso de la fuerza en el futuro. 

-  Eso quizá pueda funcionar con los chinos, - contestó Charles – pero dudo mucho que se pueda controlar a los islamistas mediante ofensivas financieras. Hace años que se está intentando congelar su financiación sin éxito alguno.

-  Bueno –Kevin parecía algo más inseguro en el resbaladizo terreno del terrorismo islámico – hay que reconocer que esos malditos terroristas siguen consiguiendo fondos de no se sabe dónde. Parece que tienen más amigos de los que creemos y es muy difícil descubrirlos.

-  Di más bien que el propio sistema financiero internacional, que se basa en el secretismo y la dudosa legalidad de los movimientos de capital, os impide localizar las vías de financiación.


-  Sí, sí, eso puede ser cierto – Kevin hizo un gesto vago con la mano eludiendo el espinoso tema – En todo caso, las nuevas leyes de deportación de los británicos y franceses creo que serán la solución final que acabaremos adoptando todos. – Aquello les hizo recordar los recientes debates y reportajes en las principales cadenas de televisión, sobre las polémicas leyes de deportación de musulmanes que estaban a punto de aprobar los gobiernos conservadores de los países salvajemente atacados hacía unos meses. – Cuando saquemos las manzanas podridas de nuestras sociedades, será más sencillo estrangular la financiación de los terroristas. – Kevin sonrió condescendiente a los marinos que le escuchaban – Veréis como el tiempo me da la razón, venceremos a nuestros enemigos sin necesidad de emplear soluciones militares.


-  Que Dios te oiga, yerno – el viejo anfitrión parecía no estar muy seguro a juzgar por su grave expresión. – Aunque creo que aprobar leyes de deportación genéricas no tiene mucho que ver con los principios democráticos de nuestra gran nación y además, supongo que causará un gran malestar en los pocos aliados musulmanes que nos quedan.

-  Por Dios, Chester. ¿Ya estáis hablando de esos horrorosos terroristas?. Te pedí que no hablaras de temas desagradables con los chicos. Para una ocasión que tienen de verte – la señora Morris parecía ahora realmente enfadada.- Bueno, despedíos de Christine, Kevin y el niño, se van ya.

-  Está bien Anne, no te sulfures – después de las despedidas, se dirigió a sus hijos y les puso animado la mano sobre sus hombros, mientras los conducía hacia otra sala – Bien señores, pasemos nosotros a la biblioteca para tomar un coñac y dejemos a las mujeres tener una conversación civilizada sin nuestra molesta presencia. Estas presunciones de Kevin me han recordado una edificante historia que quiero contaros hijos.

La biblioteca, de estilo victoriano, era una habitación cálida y confortable, repleta de estantes de pesada madera noble, cubiertos de viejos tratados navales y lujosas ediciones de Melville, Poe y Kipling. Sobre la pequeña chimenea, destacaba una reproducción a escala de la fragata USS Adams, botada en el puerto de Nueva York en 1799 y ligada muy estrechamente al pasado de la familia.

El almirante sirvió unas copas de coñac y bourbon a los presentes y, tomando asiento en un mullido sillón junto al fuego, miró a sus hijos con aire grave.

-  Creo que nunca os conté la historia de cómo entró nuestra familia en la II Guerra Mundial.- saboreó su coñac con especial deleite, ya que la señora Morris sólo le permitía hacerlo en muy contadas ocasiones.-  No se trata de la típica historia del abuelo que disparó su metralleta a los Zero en Pearl Harbour, mientras maldecía la infamia de los japoneses – esbozó una triste sonrisa en su cansado rostro – No hijos, vuestro abuelo, que en paz descanse, estaba por aquellos entonces sirviendo como segundo oficial del destructor USS Edsall y llevaban más de dos años observando cómo se daban leña los japoneses y los chinos, sin sospechar la magnitud de lo que se les venía encima.

  Los dos jóvenes marinos, sentados frente al anciano, le escuchaban atentos, pues sólo en muy pocas ocasiones y de forma muy vaga, se les había contado lo que fue de su abuelo durante la guerra.

-  Aún recuerdo cuando se despidió de nosotros a finales de noviembre – continuó el viejo almirante. - Por aquella época, él estaba destinado en Filipinas y vivíamos en un cómodo barrio residencial, de estilo occidental, a las afueras de Manila. En aquella ocasión, salió como solía hacer, de noche y casi sin despertarnos. Dándonos un tierno y largo beso en la frente, a mí y a vuestra tía Agnes. Yo tenía por entonces unos diez años y era ya difícil que no me enterara de las partidas de mi padre, pese a la discreción con que se trataban en nuestro hogar. Gracias a esto, aquella noche no dormía y pude despedirle desde el porche, junto a vuestra abuela. Él se reía mucho por mi cara de sueño y mis pelos alborotados. Era un viaje de rutina para patrullar con los ingleses durante un mes. Con una sonrisa se despidió de nosotros hasta Navidad, prometiendo traer regalos desde la exótica Malasia.

   El viejo almirante miraba absorto el fuego, mientras revivía los lejanos recuerdos de aquellos duros tiempos. Sabía que sus hijos no conocían la historia, que nunca quiso o pudo contarles. Pero esa noche, pese a todo, debían conocer lo que ocurrió. Era un anciano de ochenta y seis años y no podía confiar ya en volver a ver a sus hijos, que partían hacia destinos lejanos en tiempos revueltos, como hizo su padre en su día.

-  Jamás volvimos a verle. Unos días más tarde, mientras se dirigían hacia Singapur, se produjo el ataque a Pearl Harbour. En poco tiempo, los japoneses llevaron el fuego y la guerra por todo el Pacífico y una semana después de la partida de vuestro abuelo, invadieron las Filipinas. De la noche a la mañana, se pusieron a diez millas de nuestra casa, de donde tuvimos que salir corriendo, prácticamente con lo puesto, en medio de ataques aéreos que intentaban hundir los numerosos vapores que evacuaban a los norteamericanos hacia Australia. Aún recuerdo cuando el primer buque en el que conseguimos subir, fue alcanzado dentro del mismo puerto, hundiéndose poco a poco entre los gritos de los heridos, la sangre y el chillido del vapor saliendo de las calderas reventadas. Pero el caos era tremendo y nadie parecía advertir otro naufragio más. Al fin, los botes de otro vapor nos sacaron del agua al límite de nuestras fuerzas, con vuestra abuela herida en una pierna y la pequeña Agnes completamente aterrorizada.

   Nuevamente el silencio cubrió la biblioteca, ahora los tres hombres miraban pensativos las llamas del hogar.

-  En Australia ingresaron a vuestra abuela en un hospital y cuando le dieron el alta poco después, nos trasladaron a Hawai, sin que hubiéramos tenido noticia de vuestro abuelo. Sólo sabíamos que el USS Edsall estaba encuadrado en la flota conjunta aliada que estaba evacuando las Indias Holandesas.

-  El USS Edsall, - dijo Charles - ¿No fue ese uno de los destructores que perdimos en la Batalla del Mar de Java, padre?.

-  Cierto hijo. Vuestro abuelo murió el 1 de marzo de 1942, tres meses después de despedirse de su familia sonriendo y sin saber que no volvería a vernos jamás. Se hundió con su barco, alcanzado repetidamente por los grandes cañones de los acorazados japoneses, que aquel día pulverizaron a la flota conjunta aliada. Sólo cinco hombres de la tripulación sobrevivieron y fueron hechos prisioneros por los japoneses. Rezo a Dios porque vuestro abuelo no fuera uno de ellos, sus esqueletos decapitados se encontraron diez años después en una isla de Indonesia.

Los jóvenes se miraron en medio de un silencio reflexivo y triste. Aunque conocían vagamente la historia de la desaparición de su abuelo durante la guerra, no podían imaginar que aquella ola de destrucción desatada repentinamente con semejante brutalidad, había estado tan cerca de eliminar a toda su familia.

-  Ahora, hijos míos, debéis partir en vuestros barcos hacia lejanos destinos. Como entonces hizo mi padre, nos despediremos como hombres en paz que esperan volver a encontrarse pronto. Sin embargo… – el anciano les miró con rostro grave – Hijos, los enemigos de nuestro país son cada vez más fuertes y decididos y sus motivos para iniciar un terrible enfrentamiento no hacen más que aumentar. Ya habéis escuchado a Kevin, estamos adoptando una posición de fuerza que no contribuye en nada a apaciguar los ánimos. Nuestro país golpea con furia y soberbia numerosos avisperos que pueden llegar a darnos un grave disgusto - el anciano almirante adoptó un tono confidencial – Hace unos días me visitó el viejo Jason Peakock, ya sabéis, el padre del actual Jefe de Estado Mayor de la Marina y Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Según parece vuestros barcos no son los únicos que salen a ultramar, esta misma semana y en las siguientes un número de buques muy superior al habitual serán enviados a distintas partes del mundo para reforzar nuestra posición. 

-  Nadie osará atacarnos directamente padre – le respondió con aplomo el hijo mayor- No se arriesgarán a ser aplastados. En realidad, aunque estemos actuando como el abusón del colegio, creo que Kevin tiene razón, si no nos imponemos acabarán por arrinconarnos y sumirnos de nuevo en la crisis. Espero que esté en lo cierto y que, finalmente los gobiernos absolutistas de China y las repúblicas islámicas no puedan resistir la presión y dejen paso a democracias auténticas, donde se respeten los derechos humanos de sus ciudadanos y no se intente acaparar la economía mundial con el esfuerzo de millones de esclavos.

-  Estoy completamente de acuerdo con Charles, señor – intervino el hijo pequeño – Tenemos la obligación de luchar para derribar a los que apoyan el terror y la falta de derechos humanos. ¿De qué sirve todo el poder de nuestro país, si no lo empleamos en erradicar el mal del mundo. Es una causa justa, como la que teníais en aquella lejana guerra donde murió el abuelo. ¿No lo recuerdas padre?.


El anciano, que había permanecido cabizbajo mientras hablaban sus hijos, contemplando serio su copa, pareció volver de un lugar muy lejano y suspirando miró a aquellos dos jóvenes, apuestos, sanos, inteligentes y honrados. Con un rayo de lucidez, comprendió que ellos eran lo único importante que había logrado en su vida, lo único que quedaría de él cuando la muerte se lo llevara. Su mirada se nubló por la emoción, mientras con voz quebrada intentó advertirles de la sombra que empezaba a cubrir su viejo corazón.

-  Por supuesto que recuerdo aquella lejana guerra, pocos quedan ya que la recuerden como yo. Por eso percibo que de nuevo las familias se congregan ante los noticiarios de la televisión y las últimas horas de Internet, como antes lo hicimos ante la radio, escuchando nerviosos pero a la vez intrigados, las preocupantes noticias que llegan de varios lugares del mundo, donde unos pueblos amenazan a otros. Las tensiones y odios acumulados durante décadas se perciben en el ambiente como algo físico, a punto de explotar. De nuevo el odio, la ambición y el deseo de atacar y triunfar anida en el interior de algunos países poderosos. Pero ahora todo parece precipitarse con mayor rapidez hacia el desenlace. Las democracias ya no intentan apaciguar a los violentos, sino que pretenden derribarlos empleando su propia violencia y su poder económico. – los dos jóvenes miraban preocupados a su anciano padre, al que jamás habían visto tan sombrío.

- Soplan vientos de guerra hijos míos. Ahora partiréis como otros miles y miles de jóvenes de este gran país que nació del deseo de libertad, igualdad y justicia. Todos vosotros sois la terrible herramienta que Estados Unidos se verá obligado a usar, para hacer prevalecer la democracia y los derechos humanos en el mundo, quizá también para defender nuestra propia forma de vida y la de nuestros aliados.- El anciano, con ojos llorosos se levantó y abrazó a sus hijos, que se habían incorporado nerviosos, mirándose fugazmente, confundidos por las sombrías palabras y la inusual tristeza de su padre.- No sé si volveremos a vernos, quizá la tempestad de fuego esté a punto de abatirse sobre todos nosotros, como lo hizo en aquellos lejanos días en Filipinas. En todo caso, debéis saber que estoy orgulloso de vosotros y sé que defenderéis honrosamente los valores por los que ha luchado nuestra familia durante cinco generaciones.