En el presente blog se irán publicando los 40 capítulos de esta novela de ficción geopolítica, escrita bajo pseudónimo por un militar
en la reserva, conocedor de las delgadas líneas que nos separan de una "krisis" definitiva.

Sinopsis

SINOPSIS
El poder económico y político de occidente, que ha dominado el mundo desde el final de la guerra fría, está a punto de sucumbir
amenazado por una crisis definitiva.
Norteamericanos y europeos acuerdan medidas que rompen el libre comercio global, arrastrando a los
países emergentes hacia el fantasma de su pasada pobreza.
Mientras, los movimientos radicales islámicos avanzan en una unión que resucite
el antiguo esplendor de los califatos y su poder para erradicar a los infieles
de la nueva Babilonia.

La novela narra la terrible espiral de acontecimientos que se suceden en un mundo enfrentado a un destino que nadie quiso imaginar, a una prueba en la que se
decidirá el futuro de los pueblos o su destrucción. En medio de todo ello, personas normales y corrientes, héroes anónimos
y líderes de los países más poderosos del
mundo, se enfrentan a sus propios temores y miserias, intentando sobrevivir en la tempestad de fuego
que se abate, repentinamente, sobre todos ellos.

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CAPITULO 3





Las enormes rampas de acceso al puente de la Bahía de Chesapeake se hicieron visibles tras una pequeña colina, cuando el potente todoterreno aceleró por la autopista, superando el desnivel. En su interior, un matrimonio discutía con la soltura y naturalidad propias de una práctica habitual. Las frases eran breves y rápidas, el tono cortante pero comedido y la expresión de sus rostros fría y tensa. A cualquier observador ajeno, le hubiera dado la impresión de ser una discusión en público, en la que la pareja aún intentaba controlarse para evitar una escena. Sin embargo, estaban en el interior de su vehículo privado y sólo la rígida educación puritana que habían heredado de sus respectivas familias, podía explicar que no se produjera un estallido mayor.

 Al volante del elegante vehículo, Charles W. Morris lucía un impecable uniforme de comandante de la Marina de Estados Unidos. En la pantalla del navegador situado a la derecha del volante, por fin apareció el punto rojo de destino: la mansión de su familia en Kent Island, donde esa noche celebrarían la tradicional reunión familiar con motivo del cumpleaños de su padre, el almirante retirado Chester W. Morris. 

El viejo lobo de mar era un estricto marino heredero de una tradición centenaria. Sin embargo, pese a parecer algo cáustico y seco en su trato profesional, siempre se había comportado como un padre cariñoso y comprensivo. Quizá el hecho de que sus hijos varones demostraran una tendencia natural hacia el servicio en la marina, evitó un encontronazo con el verdadero carácter del almirante en el seno familiar. La fama de oficial duro, exigente e incluso tiránico en los momentos difíciles; sólo había llegado de forma indirecta a sus oídos. Para toda la familia, el viejo almirante siempre había sido un hombre pacífico y alegre.

En el fondo Charles se sentía contento por poder reunirse con su familia, pese a no estar atravesando un momento ideal en su matrimonio. Sin duda, las relucientes y doradas hojas de roble, que adornaban la visera de su gorra de oficial naval desde hacía una semana, proporcionarían a su padre una profunda alegría.

- Eres un maldito estúpido Charles, vives en tu mundo aparte sin importarte para nada la vida de los demás, especialmente la mía – le recriminó en aquellos momentos su mujer, una atractiva rubia de ojos verdes, heredera de una de las más antiguas familias de Maryland.- Jamás te perdonaré la vergüenza que me has hecho pasar con los Van Dick.

-  Por Dios Gloria, déjalo ya. Esos esnobs de los Van Dick me tienen harto con sus críticas sin fundamento.- Charles, pese a su contención, estaba visiblemente irritado.- Al menos podrían informarse un poco más antes de emplear esas gastadas quejas sobre torturas y crímenes de guerra. – la mirada de Charles se oscureció de rabia – Siempre lo mencionan, con ese tono de reproche cínico e insoportable. ¿Acaso insinúan que todos los militares de este país somos unos torturadores?. ¡Por Dios, no soporto a los que sólo hablan de los errores, dando la razón a nuestros enemigos!. Se regodean en criticar sin más, cuando lo cierto es que jamás podrían mantener su estúpida forma de vida sin la protección de nuestros soldados allá afuera.

-  Pareces un nazi, querido, sin duda esos nuevos galones a los que miras con más frecuencia que a mí, te han trastornado. Nuestros chicos, como tú los llamas, deberían estar de vuelta en sus casas y dedicarse a trabajos útiles y a sus familias. George lo ha expresado de una forma magistral y tú sólo has contestado con los mismos argumentos vacíos que repiten machaconamente los belicosos paletos de la Casa Blanca.

- Bien, ya salió el magnífico George Van Dick en tu conversación, lo cual no me sorprende lo más mínimo. Ya que hablamos de trastornos, este es un buen ejemplo. Últimamente te noto algo enamoradiza cariño, espero que ese estirado hijo de papá no sea tu último capricho platónico, sería insoportable tener que oírte hablar sobre él durante los próximos meses.

-  Dudo mucho que en los próximos meses me oigas hablar de nada - le miró altivamente, levantando su barbilla en un gesto desafiante. - Te recuerdo que me niego en redondo a trasladarme a ese absurdo país al que pretendes ir con tu barquito.

- Bien querida, que yo sepa no tienes ninguna dedicación profesional conocida que te obligue a permanecer aquí. Sin embargo, te recuerdo que tu marido sí. Acabo de recibir el mando de un navío de guerra de los Estados Unidos y ese navío y su dotación han sido destinados a la base naval de Rota. Te recuerdo también que si no me incorporo a mi puesto seré juzgado como desertor y perderé mi rango y seguramente mi libertad personal. ¡Y por último, te recuerdo querida que estamos casados y debes acompañarme donde tenga que ir! – le dijo levantando ya claramente la voz y mirándola con intensidad.

- Oh, cielos, a tus órdenes, se presenta la sumisa esposa para el servicio – con una cínica sonrisa, la bella mujer se llevó una mano lánguida a la frente, mientras observaba divertida su reacción. Luego, sacó su pitillera y se dispuso a encender un largo cigarrillo. – Me aburres querido, no sé si piensas que soy una estúpida o realmente es un problema tuyo, quizá supones que todos somos marineritos de tu bonito barco, sometidos a tu voluntad. – lanzó una bocanada de humo hacia su marido. - Siento desilusionarte, pero fuera de tu estúpido mundo de chalados no eres más que un tipo cualquiera.

- Bueno, vamos a dejarlo por ahora. Ya estamos llegando a la casa. Haz el favor de comportarte con mi familia, ellos siempre te han tratado bien. No es necesario que sufran nuestra desagradable conversación íntima.

- Ja, ja, ja. ¿Íntima?. Desde luego esto es lo más íntimo que hemos tenido en semanas.

- ¡Basta! – le dijo él, mirándola fijamente y arrastrando la palabra entre dientes como una amenaza, mientras paraba el vehículo en el porche circular de la gran mansión.

   La casa era una notable mansión victoriana de estilo Reina Ana, con un magnífico torreón y un porche corrido, rematado en uno de sus extremos por una glorieta circular. La propiedad, a orillas de la bahía de Chesapeake, tenía su propio muelle con varias embarcaciones de recreo, debilidad del padre de Charles, nostálgico marino retirado, ya excesivamente mayor para navegar, pero incapaz de deshacerse de ellas.

Salió a recibirles al Hall la madre de Charles, una delgada anciana que aún conservaba ágiles movimientos y un inconfundible porte aristocrático. Dedicó besos y cariñosas palabras a ambos mientras les acompañaba al interior. Como siempre habían llegado los últimos, pese a que vivían a unas dos horas en coche de distancia. Ya estaban todos allí, reunidos en torno a la gran chimenea del salón principal, donde el viejo almirante les contaba su última aventura. Puesto en pie junto al fuego, tenía un aspecto imponente pese a su edad. Alto y de anchos hombros, su abundante cabellera de pelo corto y blanco, junto a su barba espesa y cuidada, le daban una apariencia externa de gran fortaleza, reforzada por un potente vozarrón de viejo lobo de mar.

- Juro que jamás encontré un hombre más obstinado que aquel maldito centinela - explicaba en aquellos momentos.- De nada sirvió decirle una y otra vez que había llegado allí involuntariamente. ¡ Como si no supiera yo que aquella orilla pertenecía a la Academia Naval!. El muy estúpido insistía en cachearme para ver si llevaba armas o explosivos. – el viejo almirante se llevó un dedo a la sien girándolo para indicar lo chiflado que le parecía aquel sujeto.- Me dijo que eran medidas usuales ante la amenaza de un atentado, el pobre no alcanzaba a comprender que no era más que un inofensivo viejo en bermudas, que se había quedado a la deriva sin combustible en su barca. Menuda cara puso cuando le enseñé mis credenciales, menos mal que siempre hago caso a vuestra madre y las llevo encima. – giró la vista hacia su esposa - ¡Ah, ya está aquí Charles!.

Se dirigió con paso rápido hacia su primogénito, abriendo los brazos con una gran sonrisa. Charles se fundió con él en un sincero abrazo, notando como siempre en los últimos años, la creciente fragilidad del anciano, muy distinta al poderoso apretón de sus brazos cuando era un cadete de la marina que llegaba a casa de permiso.

-  Demonios Anne, mira tu hijo convertido en todo un Comandante de la Marina de los Estados Unidos y al mando de un  poderoso destructor de la flota del Mediterráneo. ¿No es cierto hijo?.- el viejo almirante emocionado miraba a su hijo mayor con ojos brillantes.

-  Cierto padre. El USS Jason Dunham. – Charles no pudo reprimir una oleada de orgullo al ver la expresión de su padre y recordar el magnífico buque atracado en la base naval de Norfolk y la conmovedora y sencilla historia de valor y heroísmo, asociada a su nombre.

-  No dejes de honrar la memoria de ese nombre, ni permitas que nadie la mancille. – le dijo su padre repentinamente serio.- Gloria.- saludó casi sin mirar a su nuera, pasando un brazo por los hombros de su hijo y dejándola atrás mientras se encaminaban hacia las grandes puertas correderas del comedor que se abrían al fondo de la estancia. Entonces, dirigiéndose a su mujer con nuevos bríos, bramó.- ¡Diablos Anne, nos morimos de hambre a menos de dos brazas de la comida!. Será mejor que pasemos al comedor. ¿No crees querida?.

   En la gran mesa del comedor, presidida por un enorme y suculento pavo asado, rodeado de numerosas bandejas de sabrosas guarniciones, se fueron acomodando todos los presentes. Junto a los padres de Charles, había venido para la ocasión la tía Agnes, única hermana del viejo almirante, que nunca se perdía esta reunión familiar, pese a residir en la lejana Florida. También estaba la hermana de Charles, Christine, que le seguía en edad y su marido Kevin, un ejecutivo del Fondo Monetario Internacional. Eran una pareja típica de clase media-alta, con dos hijos varones y una bonita casa de dos plantas en Bethesda. Su hijo pequeño les acompañaba, ya que la chica que lo cuidaba había enfermado y no habían podido encontrar otra canguro a tiempo. No hacía falta observar mucho rato al pequeño Troy, para comprender porqué sus padres no hacían más que repetir a modo de disculpas la historia de la canguro enferma. Con siete años y un evidente problema de hiperactividad y agresividad, el pequeño Troy había ya profanado con sus zapatos el sofá estampado del salón y jugaba ahora peligrosamente con un plato de la vajilla Royal Stafford, que la señora Morris sólo sacaba en las ocasiones muy especiales. El viejo almirante observaba a su nieto entre preocupado y divertido, mientras escuchaba el parloteo nervioso de su hija.

Frente a Charles se sentó su hermano pequeño Richard, muy elegante con su uniforme de teniente naval. Hacía ya casi tres años que se había graduado en Annapolis, pero jamás había embarcado, sus aspiraciones le llevaron a ingresar en el curso de oficiales SEAL, cuerpo de élite de operaciones especiales de la armada. Sin embargo, tras duros años de entrenamiento y pocos meses después de conseguir su graduación como oficial en aquella prestigiosa unidad, una desgraciada lesión de rodilla había echado por la borda sus aspiraciones. Tras un período de rehabilitación de varios meses, había solicitado su vuelta al servicio naval embarcado y estaba esperando destino. Para todos en la familia el joven Rick, como le llamaban familiarmente, era muy querido, pero aquel desgraciado incidente les impulsó a mimarle aún más, hasta el punto de llegar a irritar levemente el bondadoso carácter del muchacho. Ahora, tras ver truncada su carrera en el servicio de operaciones especiales, surgía de nuevo ante él la figura de su hermano mayor como un ejemplo a seguir, el mejor guía para un joven deseoso de servir con honores en la marina, continuando la senda de su respetado padre. 

A Charles le encantaba la conversación con su hermano menor, quizá porque siempre estuvieron muy unidos y los deberes de la temprana vocación naval de ambos los separaron desde muy jóvenes. Había estado muy preocupado por la desgraciada salida de su hermano de los SEAL, temiendo que aquello pudiera conducirle a la depresión o a abandonar la armada. Pero las noticias de su reincorporación al servicio, la animada conversación del muchacho y la admiración con que miraba sus galones, le recordaron a él mismo hacía años, logrando calmar por completo sus temores y hacerle sentir rejuvenecido y lleno de entusiasmo.

-  ¿Sabes que ya me han asignado destino?.- le dijo Rick, sorprendiéndole agradablemente.- Ya se lo he contado al almirante cuando llegué esta tarde.- continuó señalando con un gesto de la cabeza al padre de ambos que, sin embargo, no estaba siguiendo la conversación, ya que observaba horrorizado como su nieto dejaba caer una copa en el interior de la gran salsera situada junto al asado.

-  ¿De veras?, no sabía nada. ¡ Diablos muchacho, enhorabuena!. Me alegro mucho por ti. Y dime, ¿cuál será tu primer buque?.- le preguntó Charles con evidente interés.

-  Bueno, no es gran cosa -  Rick parecía algo cohibido por los galones y el espléndido mando de su hermano – sólo se trata de un viejo patrullero de la clase Ciclone: el USS Tempest.

-  ¡Pero bueno, yo conozco a un amigo que sirvió en ese barco!. 

- ¿En serio?.

- Si hombre, como se llamaba… Bill Stepton o Steppelton, sí Steppelton. Desde luego que sí, el viejo Bill, también comenzó en ese patrullero, ¿sabes?. Contaba unas historias muy divertidas sobre el capitán y sus encontronazos con los extravagantes chicos de operaciones especiales que debían transportar a menudo.

-  Oh, bueno, desde luego son bastante extraños. He tenido oportunidad ya de tratar con alguno de ellos. Supongo que es el entrenamiento o algo así - bromeó Rick con gesto que intentaba ser despreocupado, aunque su hermano pensó por un momento que había cometido un error mencionando a los SEAL, sin embargo su hermano menor pareció desplegar un sano interés por el asunto - ¿Puedes recordar alguna de esas historias del Tempest?.

- ¡Desde luego!, hay una que no olvidaré fácilmente, creo que incluso llegó algún rumor a la prensa. En cierta ocasión, al parecer, el teniente al mando de los SEAL asignados al Tempest, al volver de una misión en una apartada costa selvática de Centroamérica, insistió en embarcar un enorme cerdo salvaje que habían capturado vivo. Según contaba el viejo Bill, aquel estúpido teniente llegó a encañonar al capitán del Tempest ante su negativa a subir a bordo semejante bestia. Según parece, los SEAL estaban buscando una mascota para su unidad y el coronel les había ordenado que aprovecharan aquella misión para capturarla, con expresa indicación de que debía ser el animal más salvaje y fiero que encontraran.

-  No puedo creerlo.

- Pues es totalmente cierto hijo mío – intervino el almirante que acababa de coger el hilo de la conversación.- Pero lo más increíble fue lo que le pasó finalmente al cerdo de los SEAL y como estos encontraron al fin una mascota para su coronel.

-  Vaya padre, - se sorprendió Charles – no sabía que conocieras esa historia.

- Mi querido chaval, tu padre conoce más de mil historias de la Marina de los Estados Unidos y varios cientos de otras marinas del mundo. Lo cierto es que el viejo Thomas Grinnell, capitán del Tempest por aquellos entonces, estuvo bajo mi mando como teniente en el USS Abbot, en los años sesenta, cuando estuvimos a punto de echar a pique a unos cuantos soviéticos que intentaban llegar a Cuba.

-  ¿A sí que el capitán Grinnell y tú os conocéis?.

-  Si hijo y recuerdo perfectamente su versión de los hechos acaecidos en el Tempest, – se interrumpió bruscamente para dirigirse con potente vozarrón a su hija. – ¡Christine, dile a tu hijo que si no cesa inmediatamente de sumergir sus dedos en la fuente del puré de patatas, le obligaré a hacer una guardia de cuatro horas en lo alto del torreón!.

-  Si…sí padre.

- Según parece – continuó el viejo almirante, recuperando la calma como por ensalmo - aquel terrible cerdo salvaje era realmente un monstruo de más de doscientas libras, con un humor macabro y asesino. A los pocos días  de subir a bordo, había conseguido escapar de su encierro rompiendo la puerta de la jaula de aves del pañol de suministros, donde lo habían instalado. Hirió al encargado del pañol y a dos SEAL que habían ido a restablecer el orden. Pronto se hizo dueño del pañol, sin que nadie de la tripulación se viera en condiciones de acceder al mismo conservando su integridad física. – detuvo la narración para mirar fijamente a su hijo mayor – Diablos Charles no sé a qué esperas para echar un poco más de vino en las copas. ¿Acaso no ves que están vacías, mentecato?.

- Jesús padre, ¿y cómo acabó todo?. – le preguntó divertido e interesado Rick, mientras saboreaba el vino que acababa de servir su hermano mayor.

-  El cerdo llegó dos días después a la base naval de Tampico, dueño absoluto de las provisiones del barco, cuya dotación estaba pasando verdaderas penalidades. Tuvieron que llamar a los servicios veterinarios para que drogaran a la bestia, ya que era imposible usar armas de fuego, con el pañol de municiones justo encima. Cuando el comandante en jefe de la base se enteró de la historia, obligó al coronel de los SEAL a cocinar aquel enorme cerdo para la dotación del Tempest, que lo disfrutó en una memorable barbacoa celebrada en el propio muelle, a la vista de todos, con servicio de catering por cortesía de los SEAL. Poco después, el comandante en jefe de la estación naval le envió al coronel de los SEAL la cabeza del cerdo disecada, con una inscripción que decía: “Quien el cerdo embarca, el tocino enmarca”.

- Querido, que historia más absurda le estás contando a los chicos. – la señora Morris interrumpió su animada conversación con la tía Agnes y Christine, para reconvenir a su marido. - Espero que no se dediquen a hacer semejantes tonterías en sus barcos – parecía realmente escandalizada, pero no era cierto. Con una encantadora sonrisa se dirigió a su nuera, que sombría no había dirigido la palabra a nadie aún. – Bueno hija, ¿ya estáis preparando la partida a España?. Vaya, espero que Charles pronto se organice en su nuevo destino y podáis disfrutar de las preciosas playas y la estupenda comida de allí. El viejo señor Morris y yo estuvimos en Andalucía en el 76 creo…

-  Mire señora, yo no pienso ir a España. No se me ha perdido nada allí - la interrumpió con acritud - Ya le he dejado muy claro a su hijo que me parece totalmente absurda esta situación. Cientos de barcos aparcados a lo largo de todo Maryland y Virginia, y él tiene que elegir uno que va al otro lado del mundo.


- Jovencita, - le dijo el almirante con expresión grave - dudo mucho que el juez Covington apruebe la frivolidad con que su hija se expresa en esta casa. Me veo obligado a recordarte tus deberes como esposa y como miembro de una de las familias más respetadas de este país. Tu marido debe ir a ultramar para servir a nuestra nación y tú debes acompañarle y apoyarle.


- ¿Mis deberes como esposa? – gritó furiosa la aludida, mirando con vista desenfocada a su suegro. Todos advirtieron en ese momento horrorizados, que ella había estado bebiendo demasiado vino, sin probar casi bocado.- Estupendo, hablemos de deberes maritales, más bien de omisiones en el cumplimiento del deber, como el de practicar el coito regularmente con su esposa. Debo decirle, querido suegro, que su hijo será un tiburón de los mares, pero en la cama se comporta como un arenque.

   Un tenso silencio se cernió sobre el amplio comedor familiar. Charles, rojo de ira y humillación, miraba intensamente a aquella mujer que había amado. La pobre señora Morris, se tapaba la boca conmocionada, con lágrimas en los ojos.

- Ofreces un espectáculo lamentable, Gloria Covington, indigno de tu apellido – bramó el almirante, llamándola premonitoriamente por su nombre de soltera - No consiento que hables así de mi hijo. No tienes autoridad moral alguna para hablar de esa manera en mi casa. Sabemos por Charles que te niegas a tener descendencia y te diré con toda claridad, ya que parece que te gusta hablar sin tapujos, que le hemos aconsejado repetidamente el divorcio. Francamente, no te consideramos una digna esposa para él. Sólo el enorme y estúpido amor que siente por ti ha permitido que aún entres en esta casa.

-  Bien, en ese caso mi querido suegro, creo que hemos llegado a un satisfactorio entendimiento. Adiós Charles – dijo levantándose con cierto tambaleo – ya veo que no sólo me desprecias para irte al extranjero, sino que además eres incapaz de mantener en secreto nuestras intimidades. Te enviaré los papeles del divorcio a esa estúpida base a la que te vas. Buenas noches. 


La vieron dirigirse a la salida, donde unos minutos después vino un taxi a recogerla. La familia Morris había perdido el apetito tras la escena, pero poco a poco fueron recuperando el ánimo y la conversación.

- Je, je. ¡ Menudo carácter, eh!. Bueno Charles creo que es lo mejor – su cuñado Kevin, intentó quitar importancia al asunto. - Por cierto, conozco a un abogado matrimonialista de primera, agresivo y eficaz. Ya sabes, con la hija de un juez federal uno nunca puede fiarse. Hay muchos bufetes de primer nivel que estarían encantados de complacer al viejo James Covington y, sinceramente, creo que debes temer lo peor por parte de Gloria.

-  Gracias Kevin, espero que no sea necesario llegar a eso.

-  Ah, el joven Kevin, tan retorcido como siempre – intervino el almirante – lo cierto es que tiene toda la razón hijo, su trabajo le ha preparado para reconocer los peligros domésticos que nos rodean en este mundo. Por cierto Kev, ¿Cómo van las cosas en la oficina?.¿A quién estáis estrujando ahora?.

-  Bueno almirante, podría decirse que estamos a punto de abordar el galeón del tesoro chino - la leve sonrisa torcida y los ojos de helado color azul pálido del directivo del Fondo Monetario Internacional, evocaron la expresión de un auténtico pirata en pos de su presa - Estamos reforzando la presión sobre su moneda para debilitar aún más su posición. Esos orgullosos orientales han sufrido mucho en los últimos tiempos y esperamos que firmen un acuerdo ventajoso dentro de poco. Desde luego no están en condiciones de resistir mucho más.

-  Vaya, vaya,  parece que nuestros ejecutivos son unos chicos duros de verdad – observó el almirante socarrón, mientras su yerno miraba orgullosamente a todos los presentes con una gran sonrisa fanfarrona –. Espero que no nos llevemos todos una sorpresa. No es buena idea azotar una y otra vez al mastín, si la correa que lo sujeta es demasiado fina.

-  La correa aguantará señor. Y el mastín acabará por tumbarse en el suelo panza arriba dando lametazos y suplicando clemencia. – el ejecutivo del FMI hablaba ahora con una vanidad sin disimulos – Estados Unidos por fin ha afianzado su poder absoluto sobre el sistema financiero mundial y no permitirá que se nos vuelva a arrebatar. Además, este no será el primer gigante que eliminemos, recordad lo que sucedió con los soviéticos. No negaré su mérito, señor, - dijo respetuosamente dirigiéndose al almirante – como patriota admiro a nuestras fuerzas armadas, en especial a nuestra Marina de Guerra, la más poderosa del mundo con diferencia. Sin embargo, los reveses financieros y comerciales que podemos infringir a nuestros adversarios, harán innecesario el uso de la fuerza en el futuro. 

-  Eso quizá pueda funcionar con los chinos, - contestó Charles – pero dudo mucho que se pueda controlar a los islamistas mediante ofensivas financieras. Hace años que se está intentando congelar su financiación sin éxito alguno.

-  Bueno –Kevin parecía algo más inseguro en el resbaladizo terreno del terrorismo islámico – hay que reconocer que esos malditos terroristas siguen consiguiendo fondos de no se sabe dónde. Parece que tienen más amigos de los que creemos y es muy difícil descubrirlos.

-  Di más bien que el propio sistema financiero internacional, que se basa en el secretismo y la dudosa legalidad de los movimientos de capital, os impide localizar las vías de financiación.


-  Sí, sí, eso puede ser cierto – Kevin hizo un gesto vago con la mano eludiendo el espinoso tema – En todo caso, las nuevas leyes de deportación de los británicos y franceses creo que serán la solución final que acabaremos adoptando todos. – Aquello les hizo recordar los recientes debates y reportajes en las principales cadenas de televisión, sobre las polémicas leyes de deportación de musulmanes que estaban a punto de aprobar los gobiernos conservadores de los países salvajemente atacados hacía unos meses. – Cuando saquemos las manzanas podridas de nuestras sociedades, será más sencillo estrangular la financiación de los terroristas. – Kevin sonrió condescendiente a los marinos que le escuchaban – Veréis como el tiempo me da la razón, venceremos a nuestros enemigos sin necesidad de emplear soluciones militares.


-  Que Dios te oiga, yerno – el viejo anfitrión parecía no estar muy seguro a juzgar por su grave expresión. – Aunque creo que aprobar leyes de deportación genéricas no tiene mucho que ver con los principios democráticos de nuestra gran nación y además, supongo que causará un gran malestar en los pocos aliados musulmanes que nos quedan.

-  Por Dios, Chester. ¿Ya estáis hablando de esos horrorosos terroristas?. Te pedí que no hablaras de temas desagradables con los chicos. Para una ocasión que tienen de verte – la señora Morris parecía ahora realmente enfadada.- Bueno, despedíos de Christine, Kevin y el niño, se van ya.

-  Está bien Anne, no te sulfures – después de las despedidas, se dirigió a sus hijos y les puso animado la mano sobre sus hombros, mientras los conducía hacia otra sala – Bien señores, pasemos nosotros a la biblioteca para tomar un coñac y dejemos a las mujeres tener una conversación civilizada sin nuestra molesta presencia. Estas presunciones de Kevin me han recordado una edificante historia que quiero contaros hijos.

La biblioteca, de estilo victoriano, era una habitación cálida y confortable, repleta de estantes de pesada madera noble, cubiertos de viejos tratados navales y lujosas ediciones de Melville, Poe y Kipling. Sobre la pequeña chimenea, destacaba una reproducción a escala de la fragata USS Adams, botada en el puerto de Nueva York en 1799 y ligada muy estrechamente al pasado de la familia.

El almirante sirvió unas copas de coñac y bourbon a los presentes y, tomando asiento en un mullido sillón junto al fuego, miró a sus hijos con aire grave.

-  Creo que nunca os conté la historia de cómo entró nuestra familia en la II Guerra Mundial.- saboreó su coñac con especial deleite, ya que la señora Morris sólo le permitía hacerlo en muy contadas ocasiones.-  No se trata de la típica historia del abuelo que disparó su metralleta a los Zero en Pearl Harbour, mientras maldecía la infamia de los japoneses – esbozó una triste sonrisa en su cansado rostro – No hijos, vuestro abuelo, que en paz descanse, estaba por aquellos entonces sirviendo como segundo oficial del destructor USS Edsall y llevaban más de dos años observando cómo se daban leña los japoneses y los chinos, sin sospechar la magnitud de lo que se les venía encima.

  Los dos jóvenes marinos, sentados frente al anciano, le escuchaban atentos, pues sólo en muy pocas ocasiones y de forma muy vaga, se les había contado lo que fue de su abuelo durante la guerra.

-  Aún recuerdo cuando se despidió de nosotros a finales de noviembre – continuó el viejo almirante. - Por aquella época, él estaba destinado en Filipinas y vivíamos en un cómodo barrio residencial, de estilo occidental, a las afueras de Manila. En aquella ocasión, salió como solía hacer, de noche y casi sin despertarnos. Dándonos un tierno y largo beso en la frente, a mí y a vuestra tía Agnes. Yo tenía por entonces unos diez años y era ya difícil que no me enterara de las partidas de mi padre, pese a la discreción con que se trataban en nuestro hogar. Gracias a esto, aquella noche no dormía y pude despedirle desde el porche, junto a vuestra abuela. Él se reía mucho por mi cara de sueño y mis pelos alborotados. Era un viaje de rutina para patrullar con los ingleses durante un mes. Con una sonrisa se despidió de nosotros hasta Navidad, prometiendo traer regalos desde la exótica Malasia.

   El viejo almirante miraba absorto el fuego, mientras revivía los lejanos recuerdos de aquellos duros tiempos. Sabía que sus hijos no conocían la historia, que nunca quiso o pudo contarles. Pero esa noche, pese a todo, debían conocer lo que ocurrió. Era un anciano de ochenta y seis años y no podía confiar ya en volver a ver a sus hijos, que partían hacia destinos lejanos en tiempos revueltos, como hizo su padre en su día.

-  Jamás volvimos a verle. Unos días más tarde, mientras se dirigían hacia Singapur, se produjo el ataque a Pearl Harbour. En poco tiempo, los japoneses llevaron el fuego y la guerra por todo el Pacífico y una semana después de la partida de vuestro abuelo, invadieron las Filipinas. De la noche a la mañana, se pusieron a diez millas de nuestra casa, de donde tuvimos que salir corriendo, prácticamente con lo puesto, en medio de ataques aéreos que intentaban hundir los numerosos vapores que evacuaban a los norteamericanos hacia Australia. Aún recuerdo cuando el primer buque en el que conseguimos subir, fue alcanzado dentro del mismo puerto, hundiéndose poco a poco entre los gritos de los heridos, la sangre y el chillido del vapor saliendo de las calderas reventadas. Pero el caos era tremendo y nadie parecía advertir otro naufragio más. Al fin, los botes de otro vapor nos sacaron del agua al límite de nuestras fuerzas, con vuestra abuela herida en una pierna y la pequeña Agnes completamente aterrorizada.

   Nuevamente el silencio cubrió la biblioteca, ahora los tres hombres miraban pensativos las llamas del hogar.

-  En Australia ingresaron a vuestra abuela en un hospital y cuando le dieron el alta poco después, nos trasladaron a Hawai, sin que hubiéramos tenido noticia de vuestro abuelo. Sólo sabíamos que el USS Edsall estaba encuadrado en la flota conjunta aliada que estaba evacuando las Indias Holandesas.

-  El USS Edsall, - dijo Charles - ¿No fue ese uno de los destructores que perdimos en la Batalla del Mar de Java, padre?.

-  Cierto hijo. Vuestro abuelo murió el 1 de marzo de 1942, tres meses después de despedirse de su familia sonriendo y sin saber que no volvería a vernos jamás. Se hundió con su barco, alcanzado repetidamente por los grandes cañones de los acorazados japoneses, que aquel día pulverizaron a la flota conjunta aliada. Sólo cinco hombres de la tripulación sobrevivieron y fueron hechos prisioneros por los japoneses. Rezo a Dios porque vuestro abuelo no fuera uno de ellos, sus esqueletos decapitados se encontraron diez años después en una isla de Indonesia.

Los jóvenes se miraron en medio de un silencio reflexivo y triste. Aunque conocían vagamente la historia de la desaparición de su abuelo durante la guerra, no podían imaginar que aquella ola de destrucción desatada repentinamente con semejante brutalidad, había estado tan cerca de eliminar a toda su familia.

-  Ahora, hijos míos, debéis partir en vuestros barcos hacia lejanos destinos. Como entonces hizo mi padre, nos despediremos como hombres en paz que esperan volver a encontrarse pronto. Sin embargo… – el anciano les miró con rostro grave – Hijos, los enemigos de nuestro país son cada vez más fuertes y decididos y sus motivos para iniciar un terrible enfrentamiento no hacen más que aumentar. Ya habéis escuchado a Kevin, estamos adoptando una posición de fuerza que no contribuye en nada a apaciguar los ánimos. Nuestro país golpea con furia y soberbia numerosos avisperos que pueden llegar a darnos un grave disgusto - el anciano almirante adoptó un tono confidencial – Hace unos días me visitó el viejo Jason Peakock, ya sabéis, el padre del actual Jefe de Estado Mayor de la Marina y Presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor. Según parece vuestros barcos no son los únicos que salen a ultramar, esta misma semana y en las siguientes un número de buques muy superior al habitual serán enviados a distintas partes del mundo para reforzar nuestra posición. 

-  Nadie osará atacarnos directamente padre – le respondió con aplomo el hijo mayor- No se arriesgarán a ser aplastados. En realidad, aunque estemos actuando como el abusón del colegio, creo que Kevin tiene razón, si no nos imponemos acabarán por arrinconarnos y sumirnos de nuevo en la crisis. Espero que esté en lo cierto y que, finalmente los gobiernos absolutistas de China y las repúblicas islámicas no puedan resistir la presión y dejen paso a democracias auténticas, donde se respeten los derechos humanos de sus ciudadanos y no se intente acaparar la economía mundial con el esfuerzo de millones de esclavos.

-  Estoy completamente de acuerdo con Charles, señor – intervino el hijo pequeño – Tenemos la obligación de luchar para derribar a los que apoyan el terror y la falta de derechos humanos. ¿De qué sirve todo el poder de nuestro país, si no lo empleamos en erradicar el mal del mundo. Es una causa justa, como la que teníais en aquella lejana guerra donde murió el abuelo. ¿No lo recuerdas padre?.


El anciano, que había permanecido cabizbajo mientras hablaban sus hijos, contemplando serio su copa, pareció volver de un lugar muy lejano y suspirando miró a aquellos dos jóvenes, apuestos, sanos, inteligentes y honrados. Con un rayo de lucidez, comprendió que ellos eran lo único importante que había logrado en su vida, lo único que quedaría de él cuando la muerte se lo llevara. Su mirada se nubló por la emoción, mientras con voz quebrada intentó advertirles de la sombra que empezaba a cubrir su viejo corazón.

-  Por supuesto que recuerdo aquella lejana guerra, pocos quedan ya que la recuerden como yo. Por eso percibo que de nuevo las familias se congregan ante los noticiarios de la televisión y las últimas horas de Internet, como antes lo hicimos ante la radio, escuchando nerviosos pero a la vez intrigados, las preocupantes noticias que llegan de varios lugares del mundo, donde unos pueblos amenazan a otros. Las tensiones y odios acumulados durante décadas se perciben en el ambiente como algo físico, a punto de explotar. De nuevo el odio, la ambición y el deseo de atacar y triunfar anida en el interior de algunos países poderosos. Pero ahora todo parece precipitarse con mayor rapidez hacia el desenlace. Las democracias ya no intentan apaciguar a los violentos, sino que pretenden derribarlos empleando su propia violencia y su poder económico. – los dos jóvenes miraban preocupados a su anciano padre, al que jamás habían visto tan sombrío.

- Soplan vientos de guerra hijos míos. Ahora partiréis como otros miles y miles de jóvenes de este gran país que nació del deseo de libertad, igualdad y justicia. Todos vosotros sois la terrible herramienta que Estados Unidos se verá obligado a usar, para hacer prevalecer la democracia y los derechos humanos en el mundo, quizá también para defender nuestra propia forma de vida y la de nuestros aliados.- El anciano, con ojos llorosos se levantó y abrazó a sus hijos, que se habían incorporado nerviosos, mirándose fugazmente, confundidos por las sombrías palabras y la inusual tristeza de su padre.- No sé si volveremos a vernos, quizá la tempestad de fuego esté a punto de abatirse sobre todos nosotros, como lo hizo en aquellos lejanos días en Filipinas. En todo caso, debéis saber que estoy orgulloso de vosotros y sé que defenderéis honrosamente los valores por los que ha luchado nuestra familia durante cinco generaciones.












CAPITULO 2



El mundo entero resultó conmocionado aquella terrible noche. El gabinete de crisis del gobierno estadounidense, convocado de urgencia apenas unas horas después de los ataques, se levantó como un resorte cuando la presidenta del país hizo su entrada en la gran sala. Los tonos azules y verdes que desprendían las enormes pantallas de presentación de datos circundantes, daban a la escena un cierto aire de ciencia ficción, que contribuía a aumentar la sensación de irrealidad que muchos de ellos tenían en aquellos momentos. La Presidenta en particular, quizá influida por la losa que suponía ser la primera mujer en ocupar la Casa Blanca, mostraba claramente en su rostro la tensión que todos estaban viviendo.

-        Buenas noches señores- saludó con cierta brusquedad- Vallamos al grano lo antes posible, necesito que me pongan al corriente de la situación con la suficiente profundidad como para que podamos adoptar las medidas que sean necesarias esta misma madrugada.

-        Si me permite señora Presidenta- el robusto general Westmoreland, jefe de estado mayor del ejército seleccionó con el mando a distancia la primera sucesión de imágenes que ilustraban el informe de los acontecimientos. Representante del sector más duro del Pentágono, aquel severo mormón del medio oeste destilaba una evidente  irritación, tanto por lo que estaba sucediendo, a su juicio debido a la falta de mano dura en determinados asuntos, como por tener a una mujer al frente de la presidencia de los Estados Unidos, desgraciada situación que no había tenido reparo en definir varias veces en los pasillos del Pentágono bajo el eufemismo "con faldas y a lo loco", causando tanta hilaridad como nerviosismo entre sus sobresaltados oyentes. Sin embargo, era por naturaleza un tipo duro y pendenciero, sin pelos en la lengua y con un estilo directo y rudo que consideraba más una virtud que un defecto.

-        Como puede ver en la pantalla central, a eso de las 23:45 horas de la pasada noche, hora de Greenwich, se produjeron una sucesión de grandes explosiones en el río Támesis, a la altura de la ciudad de Gravesend, a unas 18 millas al este del centro de Londres. Estas imágenes de un satélite británico muestran la explosión del carguero pakistaní que al parecer utilizaron los terroristas, en ella pusieron fuera de combate a casi toda la seguridad fluvial de ese tramo. La segunda explosión, unos minutos después, se produce en la cercana central eléctrica de Tilbury, sumiendo en la oscuridad a buena parte de los suburbios orientales de la metrópoli británica. – ante el asombro enmudecido de los presentes, la imagen de satélite mostró un destello anaranjado en un extremo y poco después, la progresiva e imparable desaparición del mosaico de luces que se sucedían en una extensión creciente hacia el oeste. - Pero lo peor estaba aún por llegar, como confirman numerosos testigos, mientras esto ocurría, una veloz lancha fueraborda remontó el río en dirección al centro de Londres, cuando las fuerzas de seguridad la rodearon, voló por los aires, aunque esta vez se cuidaron de no estar tan cerca como para compartir su suerte. Esto ocurrió sobre las 00:16 horas de hoy, a la altura del suburbio londinense de Woolwich.

-        Diablos, donde la bomba del IRA en el 74- comentó un oficial de la Fuerza Aérea asignado al Comando de Defensa Estratégica (NORAD).

-        Exacto- observó con cara de pocos amigos el general, mirando por encima de sus gafas a aquel osado y erudito coronel - Pero el dato a destacar es que aquella tercera explosión, que había sido la menos potente, es la que ahora trae de cabeza a los británicos. Los expertos han confirmado que se trataba de al menos 250 kg de explosivo plástico, mezclado con unos 50 kg de materiales altamente radiactivos, al parecer con contenidos aún no precisados de polonio, estroncio, yodo y otros compuestos. En definitiva, lo que se conoce como una “bomba sucia”.

-        Dios mío, eso explica el tremendo caos que se está viviendo en Londres- reflexionó apesadumbrada la Presidenta, mientras observaba en una de las pantallas a su derecha, las imágenes en directo de la CNN, en las que aparecían autopistas con miles de vehículos atascados, muchedumbres histéricas en las estaciones de ferrocarril y caravanas de ambulancias dirigiéndose a hospitales colapsados por la enorme cantidad de personas contaminadas.

-        Al parecer fue imposible mantener en secreto la naturaleza del ataque. Los casos de severa contaminación radioactiva se multiplicaron en las primeras horas y fueron atendidos en varios hospitales, desde donde se filtró la noticia de un ataque radioactivo a la ciudad. En realidad los efectos se estima que son muy limitados, con un alcance letal de sólo un par de millas.

-        En concreto hemos calculado una dispersión de 1,2 millas para ser exactos- intervino el general en jefe de la Fuerza Aérea, al mando de los satélites y armas nucleares, el más joven de los altos mandos militares presentes en aquella reunión- Realmente, los efectos no alcanzaron a un número catastrófico de civiles, apenas a unos miles- la mirada enfurecida de la presidenta le devolvió a la senda de lo políticamente correcto y con una tos nerviosa, se apresuró a puntualizar- Quiero decir que pese a las terribles consecuencias para tantas familias inocentes, el desastre pudo ser infinitamente mayor si la carga hubiera sido detonada en el centro de la ciudad o si las condiciones meteorológicas…

-        Está bien Eduardson, es evidente que pudo haber sido mucho peor- interrumpió la Presidenta, visiblemente airada- Haga el favor de concretar brevemente el número de bajas y si el gobierno británico tiene bajo control ese caos que se ve en la pantalla.

-        Si, si señora, por supuesto. Concretamente, según comunica el alto mando británico los efectos la bomba sucia aún no han sido valorados completamente, pero podemos hablar en estos momentos de aproximadamente 480 muertos y unos 1.500 heridos muy graves, casi todos ellos con grados de contaminación letales. Además hay otras 6.500 personas más o menos, ingresadas con episodios de contaminación menos graves o leves, aunque las cifras no son definitivas, ya que siguen ingresando nuevos afectados, algunos en estado terminal. La zona ha sido totalmente evacuada y acordonada, pero hay evidentes problemas de pánico y avalanchas de londinenses que abandonan la ciudad en medio del caos. Sin embargo, los británicos afirman que tienen controlada la situación en el interior de la urbe, pero ya han reconocido que necesitarán ayuda con los millones de desplazados por el pánico y con el sistema sanitario para atención de los afectados, ya que sus hospitales y equipos sanitarios, tanto civiles como militares, están desbordados.

-        ¡Santo Dios, que desastre!- los rostros de los presentes que aún no conocían el alcance de lo ocurrido en Londres reflejaron la misma perplejidad que la Presidenta-, ¿A que hora está prevista la conexión con Downing Street, George?- preguntó al hombre sentado a su derecha, el Secretario de Estado George Hawkins.

-        A las 24:00 señora, es decir, dentro de 30 minutos. A este respecto, es importante que pueda consultar previamente el dossier sobre medios de despliegue inmediato que podemos ofrecerles. Es este documento de portada naranja que tiene en la mesa.

-        ¡Les ofreceremos todo lo que tengamos y mucho más!- los relámpagos azules en los ojos de aquella mujer sorprendieron a más de uno en la masculina sala- Señores, estamos ante una situación de máxima alerta, quiero que activen todos los recursos contra el Terror en nuestro territorio nacional y que proporcionen a Londres los medios suficientes como para hacer frente al caos generado. Envíen todos los hospitales de campaña y equipos NQB que tengan en Europa Central, personal especializado, helicópteros… ¡Todo!. ¡Ahora mismo, señores!.

Varios de los presentes, bajo la perentoria mirada de la Presidenta, se levantaron de inmediato y corrieron hacia los teléfonos de línea segura para transmitir las órdenes que movilizarían a miles de soldados, decenas de grandes aviones de transporte y dos unidades de helicópteros de maniobra estacionadas en el continente europeo. Después, ella se volvió hacia su Secretario de Estado y los demás, señalando vagamente otra de las grandes pantallas, donde escenas aéreas tomadas por los reporteros, mostraban incendios y revueltas en zonas urbanas.

-        Ahora, ¿quieren explicarme que diablos está sucediendo en Francia y porqué debe preocuparnos?.

-        Bueno - intervino de nuevo W. H. Eduardson, general en jefe de la Fuerza Aérea- Lo cierto señora Presidenta es que no estamos muy seguros de lo que está ocurriendo allí…

-        ¿Cómo dice?- los relámpagos azules volvieron, eclipsando el resplandor de las pantallas de datos.

-        Lo que quiere decir el general- intervino conciliador el Secretario de Estado Hawkins- es que los franceses no han informado oficialmente de los hechos, sólo sabemos lo que los medios de prensa y televisión está emitiendo sobre generalizados disturbios en los suburbios de París, que al parecer han sido motivados por enormes operaciones policiales de rastreo, con apoyo de medios militares. Hay numerosos enfrentamientos con las fuerzas del orden, se habla de decenas de muertos y heridos, así como de miles de detenidos y un despliegue de fuerzas de seguridad jamás visto. Sin embargo, el Elíseo no nos ha proporcionado información satisfactoria, limitándose a vagos argumentos sobre medidas usuales en una alerta terrorista como la motivada por el atentado de Londres. 

-        Pamplinas- decretó la Presidenta visiblemente alterada - Estos franceses me sacan de quicio, siempre con sus aires de superioridad y su estúpida insolencia. ¿Creen que somos imbéciles?. Si están removiendo el gallinero de esa manera es porque buscan algo muy importante y nosotros necesitamos saber de qué se trata. Supongo que los miles de millones de dólares que el pueblo americano ha invertido en alta tecnología espacial servirán para algo en este caso. ¿No es cierto general?- Los fríos ojos azules de la Presidenta se clavaron como puñales en el desdichado general Eduardson, que sobresaltado se apresuró a responder.

-        Oh. Ci…Cierto señora Presidenta, por supuesto. Sí, los satélites han detectado algo revelador...- farfulló mientras le arrebataba sin miramientos el mando a distancia al General en Jefe del Estado Mayor del Ejército, ante la perplejidad de todos los presentes - Como puede ver… un  segundo, esto no es…. Ahora, como puede ver decía, estas imágenes muestran claramente combates de alta intensidad en torno a este gran edificio que se ve en el centro. Hay incluso fuego de artillería contra dicho edificio y en unos segundos… Aquí miren, se ve claramente como desde el interior responden al fuego con el disparo de un misil que impacta en ese vehículo blindado.- una pequeña figura vacilante salió del blindado y se desplomó ardiendo a poca distancia.

-        Bien general- interrumpió la Presidenta intentando mostrar impaciencia pero palideciendo visiblemente- ¿Podría concretar y decirnos de qué se trata todo eso?.

-        Desde luego señora Presidenta. Estas imágenes fueron captadas hace unas horas por uno de nuestros pájaros a 60 kilómetros de París. Hemos identificado el gran edificio, es un arsenal del ejército francés. Los analistas están seguros de que lo que vemos es al propio ejército francés asaltando su arsenal, mientras una unidad armada con lo que parece material ruso resiste en su interior.

-        Por Dios bendito. ¿Me está diciendo que los rusos están atacando a los franceses?.

-        No señora, desde luego que no - el joven general la miraba desconcertado- Mire ahora, aquí tenemos una buena pista, vean la ampliación que hemos sacado de una de las fotos del satélite.- En la pantalla apareció una imagen algo desenfocada de uno de los cadáveres que se encontraban en el patio del castillo. Pese al tono verdoso de la imagen, todos distinguían el inconfundible Kalashnikov junto al cuerpo. El general presionó un botón del mando, ampliando un poco más la imagen, ahora el keffiyeh árabe era claramente visible en la cabeza de aquel asaltante abatido.

-        ¿Un árabe?.

-        Exacto, creemos que se trata de una unidad terrorista integrada por palestinos o norteafricanos, sin duda ligada al islamismo radical. También creemos que han robado el arsenal y se han apropiado de un número indeterminado de armas, que han debido transportar hacia algún escondite. Esto explica los enormes despliegues policiales y registros en los suburbios musulmanes del este y norte de París.

-        ¿Me está usted diciendo que se trata de otro ataque de un grupo islámico?. Dos ataques, en dos países distintos y la misma noche… esto es mucho más grave de lo que imaginaba - la Presidenta parecía estar descendiendo a un oscuro pozo de incredulidad. - En cualquier caso, lo primero que debemos hacer es informar a los franceses del paradero de sus armas robadas - reflexionó pensativa mientras miraba las imágenes de los informativos, que mostraban incendios, barricadas y cargas policiales. - Porque, ¿supongo general Eduardson, que esos “pájaros” suyos habrán tomado las imágenes del robo de las armas y habrán seguido a los camiones hasta su escondrijo?. Y si es así, ¿por qué no hemos informado aún a los franceses?.

-        En realidad señora, nuestro satélite solo ha sobrevolado la zona durante siete minutos y lo que encontró fueron esas imágenes del combate que se estaba produciendo en el arsenal, el robo se había producido varias horas antes. Es un pájaro en órbita y no volverá a sobrevolar esa zona hasta dentro de 90 minutos. Lamentablemente, ignorábamos por completo que pudiera producirse un incidente de importancia en las cercanías de París, así que la cobertura de la zona era la usual, con una pasada de alguno de los sistemas FOCUS o SCARE cada 12 horas aproximadamente. En realidad fue una auténtica casualidad que pasara uno durante los combates posteriores al asalto, sin embargo, de lo que ocurrió durante el robo y el las horas posteriores no tenemos nada.

-        ¡Perfecto, así que no tenemos nada!. ¡Me obligan a gastar cuatro mil millones de dólares en docenas de nuevos satélites y ahora no tenemos nada!.- la ira justificada de la presidenta sólo encontraba un apesadumbrado eco de frustración en sus interlocutores. Ante el abatimiento general, ella se aplacó.- En todo caso George, arregla una llamada telefónica al Presidente francés para dentro de una hora, a ver que podemos sacar en claro con ellos. Bien señores, activen la alerta antiterrorista en todo el país y en ultramar. Esta escalada terrorista debe tener un motivo y nada indica que no valla a continuar y que los siguientes no seamos nosotros. Busquen los mejores analistas y expertos en terrorismo islámico de sus departamentos, dentro de 12 horas tendremos una reunión para analizar en profundidad estos acontecimientos y diseñar nuevas respuestas. Buenos días.

La Presidenta salió rápidamente de la sala en dirección al despacho oval, con intención de hablar inmediatamente con los dos dirigentes de los países atacados. Mientras, el Secretario de Estado Hawkins era abordado en el pasillo por el Director de la CIA, J. Murdock, recién nombrado en el cargo y todavía algo fuera de juego. En todo caso, parecía tratarse de algo importante.

-        Disculpa George, creo que tenemos algo que deberías ver antes de hablar con la jefa.

-        Claro James, dame algo de tiempo para un par de gestiones urgentes y te recibo en mi despacho. ¿Qué tal dentro de veinte minutos?.

-        Ok, allí nos veremos.

James Murdock maldecía su suerte. Sabía que no estaba hecho para ese cargo y todo en su actitud lo demostraba. Pese a que habían transcurrido ya más de dos meses desde su nombramiento no se encontraba a gusto. Quizá se debía al hecho poco usual de ser un director de la Agencia sin experiencia política alguna. Era un simple funcionario que había empezado desde abajo del todo, recorriendo durante dieciocho largos años de servicio todos los peldaños de aquella vasta y compleja organización. Y fue precisamente cuando se encontraba en el mejor puesto que podía desear, como jefe del pequeño departamento de análisis y riesgos, cuando estalló el enésimo escándalo por los errores operativos de la agencia. Escándalo que removió toda la cúpula directiva de la CIA, catapultándole hasta la cima, donde aterrizó presa del máximo estupor.

Claro que la culpa era suya, él fue el único en toda la agencia que predijo en un iluminado informe de análisis y riesgo, el inminente acceso al poder de los islamistas en Argelia. Lo cierto es que su informe, entregado varios meses antes de las elecciones ganadas por el resucitado Frente Islámico de Salvación, fue ignorado por el entonces Director de la CIA, sin que se llevara a cabo ni una sola de las propuestas que contenía para contrarrestar el peligro. Todo el mundo pensó que los militares argelinos controlarían el asunto, como siempre habían hecho y que si habían permitido la vuelta del FIS para presentarse a las elecciones, era porque sin duda tenían convenientemente asegurado el resultado.

Pero la realidad fue muy distinta, si alguien se hubiera leído su informe seriamente, habría advertido los sutiles cambios detectados en los últimos tiempos en buena parte de la cúpula del poder militar. Aquello dejaba seriamente comprometida la lealtad del ejército hacia el general-presidente, que gobernaba con mano de hierro el país. Pero lo más revelador de su informe, eran los indicios de que dicho dirigente argelino había recibido cuantiosos regalos financieros provenientes de Oriente Medio, así como una lujosa propiedad a su nombre, en una isla cercana a Hong Kong, cortesía del Gobierno Chino.

Ahora, el dictador argelino estaría disfrutando de su dorado retiro en la isla del mar de China, mientras una estable y fuerte república islámica gobernaba Argelia. Además, como efecto colateral de la hábil jugada del viejo general, el pobre Murdock se encontraba de pronto al frente de todo el tinglado de la CIA, precisamente cuando su instinto le decía que no podía haber escogido un momento peor para ello. El mundo estaba patas arriba y la llamada Guerra contra el Terror, empezaba a tomar la forma de un enorme montón de mierda del que nadie parecía poder librarse.

Poco después, se encontraba sentado frente al Secretario de Estado Hawkins en su amplio despacho en el ala oeste de la Casa Blanca.

-       Gracias por recibirnos George, intentaremos ser breves y claros a la hora de exponerte lo que hemos encontrado. Por cierto, esta es la señorita Shepard, la nueva jefa de análisis y riesgos.

-       Encantado de conocerla señorita- la joven analista se levantó y tendió una mano al Secretario de Estado, interrumpiendo su trabajo en el portátil, donde preparaba la presentación de los datos, después con un gracioso gesto se estiró la falda y volvió a sentarse frente al ordenador, apartando con una mano su abundante cabellera rizada.

-       Adelante señores, soy todo oídos.- les apremió el Secretario de Estado, intentando apartar los ojos de la bella mujer.

-       Bien George, lo primero que debo decirte es que esto no tiene nada que ver con los incidentes islamistas. Al menos directamente

-       ¿A no?.- el Secretario de Estado pareció sorprenderse bastante, tanto como para incorporarse levemente en su sillón.

-       No, en realidad se trata de los chinos.

-       Oh, diablos James, espero que no tengas malas noticias por ese lado. Ahora no.

-       Bueno, no es que se trate de nada muy concreto, sólo indicios algo preocupantes y cosas sin explicación convincente.

-        Ah, ya entiendo - la relajación del Secretario de Estado y su expresión algo escéptica y divertida produjeron una leve sensación de malestar en su interlocutor. La CIA había perdido casi por completo su condición de agencia fiable, devastada por escandalosos errores. Incluso había sido privada de la dirección de los sistemas de inteligencia espaciales, puestos directamente bajo la responsabilidad de la Fuerza Aérea y tampoco participaban apenas en el control de los drones que rastreaban y eliminaban objetivos terroristas por todo el mundo, bajo supervisón directa de la Presidencia y el Servicio Secreto. La CIA era un dinosaurio casi anacrónico, pensó el Secretario de Estado, sin embargo el político era un profesional y pronto ocultó sus verdaderos pensamientos y recompuso su actitud atenta e interesada.- Veamos lo que tenéis, pero os tengo que pedir brevedad, tened en cuenta que estamos en medio de una crisis muy grave y debo ocuparme aún de nuestra estrategia con los medios de comunicación, ya sabes lo delicado que es eso.

-        Bien, iremos al grano, como puedes ver en los gráficos y tablas que aparecen en el ordenador, hemos detectado un notable incremento de los pedidos de exportaciones chinas hacia una zona geográfica específica, concretamente el sur de Europa. Esto es chocante ya que como sabes, siguen en vigor la batería de tasas y aranceles aprobados hace dos años, en el acuerdo para salvar la economía occidental de los dragones asiáticos.

-        El Acuerdo de Harrington Lake.- murmuró el Secretario de Estado, reviviendo las intensas jornadas en las que Estados Unidos, Canadá, la Unión Europea, Australia y Nueva Zelanda aprobaron un documento con más de noventa medidas para proteger sus maltrechas economías ante la avalancha de traslados de centros industriales al extremo oriente, principalmente a China, la fuga de inversiones y capitales hacia estas economías y la tremenda invasión de sus mercados interiores por productos manufacturados asiáticos. Aquello había supuesto en la práctica la disolución de todos los acuerdos adoptados por la Organización Mundial del Comercio en las últimas décadas, el fin del libre comercio y del concepto de la "globalización".

-        Exacto, Harrington Lake y lo cierto es que aquellas medidas están funcionando mucho mejor de lo que se esperaba, al menos en cuanto a detener la avalancha de exportaciones chinas a bajo precio, que estaban destruyendo la industria manufacturera occidental. Pero de repente, observa aquí, cientos de pedidos y contratos cerrados en firme para exportar miles y miles de toneladas de productos textiles y calzado al sur de Europa. ¡ Y todo ello pese a los fuertes aranceles!.

-        ¿Pero no tiene sentido, verdad?. Será una ruina para ellos.- El Secretario de Estado reflexionó- ¿O es que han inventado alguna estratagema para burlar nuestras medidas?. ¿Es eso lo que habéis descubierto?.

-        No George, lo cierto es que no creemos que se trate de una maniobra económica, sino algo mucho más preocupante.- James Murdock hizo un rápido gesto a su ayudante para que continuara con la presentación de lo que habían encontrado. Era ella, en definitiva, quién había descubierto aquello y quién había expuesto el riesgo de forma tan convincente, que no había tenido más remedio que creerla.

Michelle Shepard, al ver el gesto perentorio de su jefe supo que había llegado la hora de intervenir. Sintiendo una leve descarga de adrenalina ante la importancia del momento, pulsó con nerviosismo una tecla de su portátil, que empezó a presentar otra batería de datos, en este caso la mitad de la pantalla fue ocupada por un mapamundi surcado por numerosas líneas rojas, mientras la otra mitad de la pantalla ofrecía una sucesión de datos en cascada.

-        Como puede ver ahora, hemos rastreado como sabuesos las rutas de exportación de esta batería de contratos hacia el sur de Europa. La pista que nos hizo sospechar algo realmente podrido en el asunto, es que todos los barcos que dentro de unos meses servirán esta enorme cantidad de pedidos, unos noventa, harán escala antes en puertos del norte de África. – Michelle se quedó mirando al Secretario de Estado, que la observaba con una divertida media sonrisa. ¿Rastrear como sabuesos?. ¿Algo realmente podrido?. Interiormente se maldijo por haber utilizado aquel lenguaje propio de rudos espías de Hollywood. Los nervios y las ganas de mostrar su competencia, que siempre parecía puesta a prueba por su condición femenina, le habían jugado una mala pasada.

-        Bueno, lo expresa con mucha contundencia querida, pero debemos tener en cuenta que África es una zona comercial preferente para los chinos. Recuerde señorita, que los chinos son los principales inversores en las economías africanas desde hace varios años, especialmente en la zona norte del continente. Así que un poco de sano comercio realmente no me parece nada podrido, ¿no cree?.

-        ¿Zapatos y vestidos occidentales para Argelia y Libia?. Perdone señor Secretario, pero dado que ahora gobiernan los islamistas radicales en ambos estados, debemos considerar como extremadamente sospechoso todo este asunto.- el Secretario Hawkins perdió su sonrisa mientras comprendía que la bella mujer parecía tener serios y contundentes argumentos. En aquel momento, James Murdock tocó suavemente el hombro de la mujer y le indicó con un gesto que él continuaría a partir de ahí.

-        Me temo George que esos barcos llevan otras cosas más necesarias para ellos. Tal y como está montada la operación, todo indica que puede tratarse de envíos encubiertos de armamento.

-        ¡Cómo!. Por todos los santos James.

El Secretario de Estado ahora sí que estaba alarmado, semejante violación china del bloqueo decretado por Naciones Unidas era un asunto muy serio. Después de la escalada de tensión que se estaba viviendo desde hace varios meses entre la islámica Argelia y Marruecos, el único aliado que les quedaba a los occidentales en el norte de África, era evidente la amenaza de un conflicto armado. Para defender a su aliado, Estados unidos había forzado en la ONU un bloqueo a los estados islamistas que estaban pregonando la guerra contra los marroquíes.

-        Si esto es cierto, nos encontramos al borde de una crisis en el peor momento posible.- el Secretario de Estado pareció brevemente desconcertado, sin duda abrumado por la acumulación de malas noticias. Luego, tras unos segundos de febril actividad mental, recuperó el gesto sereno.

-        ¿Tenéis alguna prueba concreta que demuestre que esos barcos van a llevar armas allí?. ¿Acumulaciones de armamento en los puertos de origen?. ¿Transportes masivos desde fábricas o arsenales?. ¿Algo?.

James Murdock pareció dudar por primera vez, pese a que sabía que el más mínimo gesto de indecisión sería inmediatamente detectado por el astuto Secretario de Estado, verdadero experto en descubrir puntos débiles en sus interlocutores y explorarlos o atacarlos a conveniencia. Abrumado por el delicado momento, sintió una punzada de terror mientras por un instante pensó que quizá se había precipitado. ¿Era posible que se hubiera dejado llevar por la belleza de su ayudante?.

Él era un hombre felizmente casado, con dos hijos estupendos, pero para su vergüenza debía reconocer que aquella mujer le producía una evidente confusión cuando le miraba con aquellos increíbles ojos verdes. Dirigió una rápida mirada a Michelle Shepard, que le devolvió un gesto de interrogación, combinado con aquella determinación que le había obligado a admitir la veracidad de todo aquello. Aquella firmeza y convicción le recordaron los entresijos de un buen análisis de riesgo, él mejor que nadie sabía cuando la suma de circunstancias daba como resultado un riesgo con alta probabilidad de concretarse. Y Michelle ahora había descubierto esa suma de circunstancias, no le cabía duda.

-       De momento no hay nada concreto, sólo indicios, como la llamada de reservistas en casi todos los países de la zona y las recientes obras en la mayoría de los puertos argelinos y libios.

-       ¿Obras?.

-       Mira, estas son fotografías de hace apenas unos días. Lo cierto es que no son espectaculares obras de ampliación de los puertos ni nada por el estilo, simplemente están cubriendo con enormes tejados metálicos toda la superficie de los muelles de carga. La única explicación que se nos ocurre es que no quieren que veamos lo que van a descargar en esos puertos.

-        Quizá simplemente quieren trabajar a la sombra.- Ante el frívolo comentario del Secretario de Estado, Murdock inició una queja airada, pero aquel le cortó con un gesto impaciente. - Mira James, es un tema muy delicado y serio, que de ser cierto requeriría medidas drásticas. Sólo si obtenéis confirmación de las armas intervendremos, de lo contrario no podemos hacer nada. Imagina destructores de la armada estadounidense asaltando mercantes chinos cargados de sujetadores y sandalias. Además te ruego que no pongas todos los recursos de la Agencia en este tema. Lo hablaré con la jefa después, pero quiero que sepas que voy a sugerirle que establezca como prioridad para la CIA la investigación de las células integristas en Europa. Hay que descubrir quién está detrás de esta oleada de atentados.

-       De acuerdo, nos centraremos en este tema.- la inicial resignación del Director de la CIA se fue transformando en una creciente indignación al comprender que de nuevo no se atendía una recomendación de riesgo avalada por él.- Pero quiero que le digas a la Presidenta, que recomiendo investigar a fondo el tema de las exportaciones chinas al Mediterráneo y que si no descubrimos lo que están tramando, nos llevaremos otra desagradable sorpresa en el norte de África.

El Secretario de Estado Hawkins sin embargo, estaba ya concentrando su atención sobre cómo diseñar la estrategia de la Casa Blanca ante los medios de comunicación, en relación a los atentados de Europa. Distraído, despidió al Director de la CIA con un mecánico “de acuerdo James, lo tendremos muy en cuenta”, levantando una mano a modo de despedida, mientras con la otra descolgaba el teléfono y pedía a la operadora que le pusiera con la Jefa de Prensa de la Casa Blanca.

Murdock salió furioso de la estancia, seguido precipitadamente por Michelle Shepard. Aquel maldito bastardo ni siquiera le había escuchado. Decidió presentarle por escrito sus recomendaciones, con copia a la Presidenta. Si se producía otro error de interpretación no sería esta vez su cabeza la que rodara.

Mientras, en el despacho que acababan de abandonar, el Secretario de Estado hablaba en realidad con el director de la NSA, otra agencia de inteligencia federal, pidiéndole que estuvieran al  tanto y le informaran de inmediato en el caso de que la CIA empezara a distraer demasiados recursos hacia extremo oriente. No se fiaba de Murdock y lo último que necesitaba ahora era que aquel estúpido, deslumbrado por las teorías de su explosiva ayudante, limitara su capacidad para dar respuestas a lo que estaba ocurriendo con los terroristas islámicos, sólo pensar en como trataría todo esto la prensa en los próximos meses le ponía enfermo.

No podía saber que los indicios que le acababa de presentar la CIA, eran en realidad los primeros fragmentos de una pesadilla que nadie habría podido imaginar.