Las enormes rampas de acceso al puente de la Bahía de Chesapeake se
hicieron visibles tras una pequeña colina, cuando el potente todoterreno
aceleró por la autopista, superando el desnivel. En su interior, un matrimonio
discutía con la soltura y naturalidad propias de una práctica habitual. Las
frases eran breves y rápidas, el tono cortante pero comedido y la expresión de
sus rostros fría y tensa. A cualquier observador ajeno, le hubiera dado la
impresión de ser una discusión en público, en la que la pareja aún intentaba
controlarse para evitar una escena. Sin embargo, estaban en el interior de su
vehículo privado y sólo la rígida educación puritana que habían heredado de sus
respectivas familias, podía explicar que no se produjera un estallido mayor.
Al volante del elegante vehículo, Charles W. Morris lucía un impecable uniforme de comandante de la Marina de Estados Unidos. En la pantalla del navegador situado a la derecha del volante, por fin apareció el punto rojo de destino: la mansión de su familia en Kent Island, donde esa noche celebrarían la tradicional reunión familiar con motivo del cumpleaños de su padre, el almirante retirado Chester W. Morris.
Al volante del elegante vehículo, Charles W. Morris lucía un impecable uniforme de comandante de la Marina de Estados Unidos. En la pantalla del navegador situado a la derecha del volante, por fin apareció el punto rojo de destino: la mansión de su familia en Kent Island, donde esa noche celebrarían la tradicional reunión familiar con motivo del cumpleaños de su padre, el almirante retirado Chester W. Morris.
El viejo lobo de mar era un estricto marino heredero de una tradición
centenaria. Sin embargo, pese a parecer algo cáustico y seco en su trato
profesional, siempre se había comportado como un padre cariñoso y comprensivo.
Quizá el hecho de que sus hijos varones demostraran una tendencia natural hacia
el servicio en la marina, evitó un encontronazo con el verdadero carácter del
almirante en el seno familiar. La fama de oficial duro, exigente e incluso
tiránico en los momentos difíciles; sólo había llegado de forma indirecta a sus
oídos. Para toda la familia, el viejo almirante siempre había sido un hombre pacífico
y alegre.
En el fondo Charles se sentía contento por poder reunirse con su
familia, pese a no estar atravesando un momento ideal en su matrimonio. Sin
duda, las relucientes y doradas hojas de roble, que adornaban la visera de su
gorra de oficial naval desde hacía una semana, proporcionarían a su padre una
profunda alegría.
- Eres un maldito estúpido
Charles, vives en tu mundo aparte sin importarte para nada la vida de los
demás, especialmente la mía – le recriminó en aquellos momentos su mujer, una
atractiva rubia de ojos verdes, heredera de una de las más antiguas familias de
Maryland.- Jamás te perdonaré la vergüenza que me has hecho pasar con los Van
Dick.
- Por Dios Gloria, déjalo
ya. Esos esnobs de los Van Dick me tienen harto con sus críticas sin
fundamento.- Charles, pese a su contención, estaba visiblemente irritado.- Al
menos podrían informarse un poco más antes de emplear esas gastadas quejas
sobre torturas y crímenes de guerra. – la mirada de Charles se oscureció de
rabia – Siempre lo mencionan, con ese tono de reproche cínico e insoportable.
¿Acaso insinúan que todos los militares de este país somos unos torturadores?.
¡Por Dios, no soporto a los que sólo hablan de los errores, dando la razón a
nuestros enemigos!. Se regodean en criticar sin más, cuando lo cierto es que
jamás podrían mantener su estúpida forma de vida sin la protección de nuestros
soldados allá afuera.
- Pareces un nazi, querido,
sin duda esos nuevos galones a los que miras con más frecuencia que a mí, te
han trastornado. Nuestros chicos, como tú los llamas, deberían estar de vuelta
en sus casas y dedicarse a trabajos útiles y a sus familias. George lo ha
expresado de una forma magistral y tú sólo has contestado con los mismos
argumentos vacíos que repiten machaconamente los belicosos paletos de la Casa Blanca.
- Bien, ya salió el magnífico
George Van Dick en tu conversación, lo cual no me sorprende lo más mínimo. Ya
que hablamos de trastornos, este es un buen ejemplo. Últimamente te noto algo
enamoradiza cariño, espero que ese estirado hijo de papá no sea tu último
capricho platónico, sería insoportable tener que oírte hablar sobre él durante
los próximos meses.
- Dudo mucho que en los
próximos meses me oigas hablar de nada - le miró altivamente, levantando su
barbilla en un gesto desafiante. - Te recuerdo que me niego en redondo a
trasladarme a ese absurdo país al que pretendes ir con tu barquito.
- Bien querida, que yo sepa
no tienes ninguna dedicación profesional conocida que te obligue a permanecer
aquí. Sin embargo, te recuerdo que tu marido sí. Acabo de recibir el mando de
un navío de guerra de los Estados Unidos y ese navío y su dotación han sido
destinados a la base naval de Rota. Te recuerdo también que si no me incorporo
a mi puesto seré juzgado como desertor y perderé mi rango y seguramente mi
libertad personal. ¡Y por último, te recuerdo querida que estamos casados y
debes acompañarme donde tenga que ir! – le dijo levantando ya claramente la voz
y mirándola con intensidad.
- Oh, cielos, a tus órdenes,
se presenta la sumisa esposa para el servicio – con una cínica sonrisa, la
bella mujer se llevó una mano lánguida a la frente, mientras observaba
divertida su reacción. Luego, sacó su pitillera y se dispuso a encender un
largo cigarrillo. – Me aburres querido, no sé si piensas que soy una estúpida o
realmente es un problema tuyo, quizá supones que todos somos marineritos de tu
bonito barco, sometidos a tu voluntad. – lanzó una bocanada de humo hacia su
marido. - Siento desilusionarte, pero fuera de tu estúpido mundo de chalados no
eres más que un tipo cualquiera.
- Bueno, vamos a dejarlo por
ahora. Ya estamos llegando a la
casa. Haz el favor de comportarte con mi familia, ellos
siempre te han tratado bien. No es necesario que sufran nuestra desagradable
conversación íntima.
- Ja, ja, ja. ¿Íntima?. Desde
luego esto es lo más íntimo que hemos tenido en semanas.
- ¡Basta! – le dijo él,
mirándola fijamente y arrastrando la palabra entre dientes como una amenaza,
mientras paraba el vehículo en el porche circular de la gran mansión.
La casa era una notable mansión victoriana de estilo Reina Ana, con un
magnífico torreón y un porche corrido, rematado en uno de sus extremos por una
glorieta circular. La propiedad, a orillas de la bahía de Chesapeake, tenía su
propio muelle con varias embarcaciones de recreo, debilidad del padre de
Charles, nostálgico marino retirado, ya excesivamente mayor para navegar, pero
incapaz de deshacerse de ellas.
Salió a recibirles al Hall la madre de Charles, una delgada anciana que
aún conservaba ágiles movimientos y un inconfundible porte aristocrático.
Dedicó besos y cariñosas palabras a ambos mientras les acompañaba al interior.
Como siempre habían llegado los últimos, pese a que vivían a unas dos horas en
coche de distancia. Ya estaban todos allí, reunidos en torno a la gran chimenea
del salón principal, donde el viejo almirante les contaba su última aventura.
Puesto en pie junto al fuego, tenía un aspecto imponente pese a su edad. Alto y
de anchos hombros, su abundante cabellera de pelo corto y blanco, junto a su
barba espesa y cuidada, le daban una apariencia externa de gran fortaleza,
reforzada por un potente vozarrón de viejo lobo de mar.
- Juro que jamás encontré un
hombre más obstinado que aquel maldito centinela - explicaba en aquellos
momentos.- De nada sirvió decirle una y otra vez que había llegado allí
involuntariamente. ¡ Como si no supiera yo que aquella orilla pertenecía a la Academia Naval!. El
muy estúpido insistía en cachearme para ver si llevaba armas o explosivos. – el
viejo almirante se llevó un dedo a la sien girándolo para indicar lo chiflado
que le parecía aquel sujeto.- Me dijo que eran medidas usuales ante la amenaza
de un atentado, el pobre no alcanzaba a comprender que no era más que un
inofensivo viejo en bermudas, que se había quedado a la deriva sin combustible
en su barca. Menuda cara puso cuando le enseñé mis credenciales, menos mal que
siempre hago caso a vuestra madre y las llevo encima. – giró la vista hacia su
esposa - ¡Ah, ya está aquí Charles!.
Se dirigió con paso rápido hacia su primogénito, abriendo los brazos con
una gran sonrisa. Charles se fundió con él en un sincero abrazo, notando como
siempre en los últimos años, la creciente fragilidad del anciano, muy distinta
al poderoso apretón de sus brazos cuando era un cadete de la marina que llegaba
a casa de permiso.
- Demonios Anne, mira tu hijo
convertido en todo un Comandante de la Marina de los Estados Unidos y al mando
de un poderoso destructor de la flota
del Mediterráneo. ¿No es cierto hijo?.- el viejo almirante emocionado miraba a
su hijo mayor con ojos brillantes.
- Cierto padre. El USS Jason
Dunham. – Charles no pudo reprimir una oleada de orgullo al ver la expresión de
su padre y recordar el magnífico buque atracado en la base naval de Norfolk y la
conmovedora y sencilla historia de valor y heroísmo, asociada a su nombre.
- No dejes de honrar la
memoria de ese nombre, ni permitas que nadie la mancille. – le dijo su padre
repentinamente serio.- Gloria.- saludó casi sin mirar a su nuera, pasando un
brazo por los hombros de su hijo y dejándola atrás mientras se encaminaban
hacia las grandes puertas correderas del comedor que se abrían al fondo de la estancia. Entonces,
dirigiéndose a su mujer con nuevos bríos, bramó.- ¡Diablos Anne, nos morimos de
hambre a menos de dos brazas de la comida!. Será mejor que pasemos al comedor.
¿No crees querida?.
En la gran mesa del comedor, presidida por un enorme y suculento pavo
asado, rodeado de numerosas bandejas de sabrosas guarniciones, se fueron
acomodando todos los presentes. Junto a los padres de Charles, había venido
para la ocasión la tía Agnes,
única hermana del viejo almirante, que nunca se perdía esta reunión familiar,
pese a residir en la
lejana Florida. También estaba la hermana de Charles,
Christine, que le seguía en edad y su marido Kevin, un ejecutivo del Fondo
Monetario Internacional. Eran una pareja típica de clase media-alta, con dos
hijos varones y una bonita casa de dos plantas en Bethesda. Su hijo pequeño les
acompañaba, ya que la chica que lo cuidaba había enfermado y no habían podido
encontrar otra canguro a tiempo. No hacía falta observar mucho rato al pequeño
Troy, para comprender porqué sus padres no hacían más que repetir a modo de
disculpas la historia de la canguro enferma. Con siete años y un evidente
problema de hiperactividad y agresividad, el pequeño Troy había ya profanado
con sus zapatos el sofá estampado del salón y jugaba ahora peligrosamente con
un plato de la
vajilla Royal Stafford, que la señora Morris sólo
sacaba en las ocasiones muy especiales. El viejo almirante observaba a su nieto
entre preocupado y divertido, mientras escuchaba el parloteo nervioso de su
hija.
Frente a Charles se sentó su hermano pequeño Richard, muy elegante con
su uniforme de teniente naval. Hacía ya casi tres años que se había graduado en
Annapolis, pero jamás había embarcado, sus aspiraciones le llevaron a ingresar
en el curso de oficiales SEAL, cuerpo de élite de operaciones especiales de la armada. Sin embargo,
tras duros años de entrenamiento y pocos meses después de conseguir su
graduación como oficial en aquella prestigiosa unidad, una desgraciada lesión
de rodilla había echado por la borda sus aspiraciones. Tras un período de
rehabilitación de varios meses, había solicitado su vuelta al servicio naval
embarcado y estaba esperando destino. Para todos en la familia el joven Rick,
como le llamaban familiarmente, era muy querido, pero aquel desgraciado
incidente les impulsó a mimarle aún más, hasta el punto de llegar a irritar
levemente el bondadoso carácter del muchacho. Ahora, tras ver truncada su
carrera en el servicio de operaciones especiales, surgía de nuevo ante él la
figura de su hermano mayor como un ejemplo a seguir, el mejor guía para un
joven deseoso de servir con honores en la marina, continuando la senda de su
respetado padre.
A Charles le encantaba la conversación con su hermano menor, quizá
porque siempre estuvieron muy unidos y los deberes de la temprana vocación
naval de ambos los separaron desde muy jóvenes. Había estado muy preocupado por
la desgraciada salida de su hermano de los SEAL, temiendo que aquello pudiera
conducirle a la depresión o a abandonar la armada. Pero las
noticias de su reincorporación al servicio, la animada conversación del
muchacho y la admiración con que miraba sus galones, le recordaron a él mismo
hacía años, logrando calmar por completo sus temores y hacerle sentir
rejuvenecido y lleno de entusiasmo.
- ¿Sabes que ya me han
asignado destino?.- le dijo Rick, sorprendiéndole agradablemente.- Ya se lo he
contado al almirante cuando llegué esta tarde.- continuó señalando con un gesto
de la cabeza al padre de ambos que, sin embargo, no estaba siguiendo la
conversación, ya que observaba horrorizado como su nieto dejaba caer una copa
en el interior de la gran salsera situada junto al asado.
- ¿De veras?, no sabía nada.
¡ Diablos muchacho, enhorabuena!. Me alegro mucho por ti. Y dime, ¿cuál será tu
primer buque?.- le preguntó Charles con evidente interés.
- Bueno, no es gran cosa
- Rick parecía algo cohibido por los
galones y el espléndido mando de su hermano – sólo se trata de un viejo
patrullero de la clase
Ciclone: el USS Tempest.
- ¡Pero bueno, yo conozco a
un amigo que sirvió en ese barco!.
- ¿En serio?.
- Si hombre, como se llamaba…
Bill Stepton o Steppelton,
sí Steppelton. Desde luego que sí, el viejo Bill, también comenzó
en ese patrullero, ¿sabes?. Contaba unas historias muy divertidas sobre el
capitán y sus encontronazos con los extravagantes chicos de operaciones
especiales que debían transportar a menudo.
- Oh, bueno, desde luego son
bastante extraños. He tenido oportunidad ya de tratar con alguno de ellos.
Supongo que es el entrenamiento o algo así - bromeó Rick con gesto que
intentaba ser despreocupado, aunque su hermano pensó por un momento que había
cometido un error mencionando a los SEAL, sin embargo su hermano menor pareció
desplegar un sano interés por el asunto - ¿Puedes recordar alguna de esas
historias del Tempest?.
- ¡Desde luego!, hay una que
no olvidaré fácilmente, creo que incluso llegó algún rumor a la prensa. En cierta
ocasión, al parecer, el teniente al mando de los SEAL asignados al Tempest, al
volver de una misión en una apartada costa selvática de Centroamérica, insistió
en embarcar un enorme cerdo salvaje que habían capturado vivo. Según contaba el
viejo Bill, aquel estúpido teniente llegó a encañonar al capitán del Tempest
ante su negativa a subir a bordo semejante bestia. Según parece, los SEAL
estaban buscando una mascota para su unidad y el coronel les había ordenado que
aprovecharan aquella misión para capturarla, con expresa indicación de que
debía ser el animal más salvaje y fiero que encontraran.
- No puedo creerlo.
- Pues es totalmente cierto
hijo mío – intervino el almirante que acababa de coger el hilo de la conversación.- Pero
lo más increíble fue lo que le pasó finalmente al cerdo de los SEAL y como
estos encontraron al fin una mascota para su coronel.
- Vaya padre, - se
sorprendió Charles – no sabía que conocieras esa historia.
- Mi querido chaval, tu
padre conoce más de mil historias de la Marina de los Estados Unidos y varios
cientos de otras marinas del mundo. Lo cierto es que el viejo Thomas
Grinnell, capitán del Tempest por aquellos entonces, estuvo bajo mi mando como
teniente en el USS Abbot, en los años sesenta, cuando estuvimos a punto de
echar a pique a unos cuantos soviéticos que intentaban llegar a Cuba.
- ¿A sí que el capitán
Grinnell y tú os conocéis?.
- Si hijo y recuerdo
perfectamente su versión de los hechos acaecidos en el Tempest, – se
interrumpió bruscamente para dirigirse con potente vozarrón a su hija. –
¡Christine, dile a tu hijo que si no cesa inmediatamente de sumergir sus dedos
en la fuente del puré de patatas, le obligaré a hacer una guardia de cuatro
horas en lo alto del torreón!.
- Si…sí padre.
- Según parece – continuó el
viejo almirante, recuperando la calma como por ensalmo - aquel terrible cerdo
salvaje era realmente un monstruo de más de doscientas libras, con un humor
macabro y asesino. A los pocos días de
subir a bordo, había conseguido escapar de su encierro rompiendo la puerta de
la jaula de aves del pañol de suministros, donde lo habían instalado. Hirió al
encargado del pañol y a dos SEAL que habían ido a restablecer el orden. Pronto
se hizo dueño del pañol, sin que nadie de la tripulación se viera en
condiciones de acceder al mismo conservando su integridad física. – detuvo la
narración para mirar fijamente a su hijo mayor – Diablos Charles no sé a qué
esperas para echar un poco más de vino en las copas. ¿Acaso no ves que están
vacías, mentecato?.
- Jesús padre, ¿y cómo acabó
todo?. – le preguntó divertido e interesado Rick, mientras saboreaba el vino
que acababa de servir su hermano mayor.
- El cerdo llegó dos días
después a la base naval de Tampico, dueño absoluto de las provisiones del
barco, cuya dotación estaba pasando verdaderas penalidades. Tuvieron que llamar
a los servicios veterinarios para que drogaran a la bestia, ya que era
imposible usar armas de fuego, con el pañol de municiones justo encima. Cuando
el comandante en jefe de la base se enteró de la historia, obligó al coronel de
los SEAL a cocinar aquel enorme cerdo para la dotación del Tempest, que lo
disfrutó en una memorable barbacoa celebrada en el propio muelle, a la vista de
todos, con servicio de catering por cortesía de los SEAL. Poco después, el
comandante en jefe de la estación naval le envió al coronel de los SEAL la
cabeza del cerdo disecada, con una inscripción que decía: “Quien el cerdo
embarca, el tocino enmarca”.
- Querido, que historia más
absurda le estás contando a los chicos. – la señora Morris
interrumpió su animada conversación con la tía Agnes y Christine, para reconvenir a su
marido. - Espero que no se dediquen a hacer semejantes tonterías en sus barcos
– parecía realmente escandalizada, pero no era cierto. Con una encantadora
sonrisa se dirigió a su nuera, que sombría no había dirigido la palabra a nadie
aún. – Bueno hija, ¿ya estáis preparando la partida a España?. Vaya, espero que
Charles pronto se organice en su nuevo destino y podáis disfrutar de las
preciosas playas y la estupenda comida de allí. El viejo señor Morris y yo
estuvimos en Andalucía en el 76 creo…
- Mire señora, yo no pienso
ir a España. No se me ha perdido nada allí - la interrumpió con acritud - Ya le
he dejado muy claro a su hijo que me parece totalmente absurda esta situación.
Cientos de barcos aparcados a lo largo de todo Maryland y Virginia, y él tiene
que elegir uno que va al otro lado del mundo.
- ¿Mis deberes como esposa? –
gritó furiosa la aludida, mirando con vista desenfocada a su suegro. Todos advirtieron
en ese momento horrorizados, que ella había estado bebiendo demasiado vino, sin
probar casi bocado.- Estupendo, hablemos de deberes maritales, más bien de
omisiones en el cumplimiento del deber, como el de practicar el coito
regularmente con su esposa. Debo decirle, querido suegro, que su hijo será un
tiburón de los mares, pero en la cama se comporta como un arenque.
Un tenso silencio se cernió sobre el amplio comedor familiar. Charles,
rojo de ira y humillación, miraba intensamente a aquella mujer que había amado.
La pobre señora Morris, se tapaba la boca conmocionada, con lágrimas en los
ojos.
- Ofreces un espectáculo
lamentable, Gloria Covington, indigno de tu apellido – bramó el almirante,
llamándola premonitoriamente por su nombre de soltera - No consiento que hables
así de mi hijo. No tienes autoridad moral alguna para hablar de esa manera en
mi casa. Sabemos por Charles que te niegas a tener descendencia y te diré con
toda claridad, ya que parece que te gusta hablar sin tapujos, que le hemos
aconsejado repetidamente el divorcio. Francamente, no te consideramos una digna
esposa para él. Sólo el enorme y estúpido amor que siente por ti ha permitido
que aún entres en esta casa.
- Bien, en ese caso mi querido suegro, creo que hemos llegado a un satisfactorio entendimiento. Adiós Charles – dijo levantándose con cierto tambaleo – ya veo que no sólo me desprecias para irte al extranjero, sino que además eres incapaz de mantener en secreto nuestras intimidades. Te enviaré los papeles del divorcio a esa estúpida base a la que te vas. Buenas noches.
La vieron dirigirse a la salida, donde unos minutos después vino un taxi
a recogerla. La familia
Morris había perdido el apetito tras la escena, pero poco a
poco fueron recuperando el ánimo y la conversación.
- Je, je. ¡ Menudo carácter,
eh!. Bueno Charles creo que es lo mejor – su cuñado Kevin, intentó quitar
importancia al asunto. - Por cierto, conozco a un abogado matrimonialista de
primera, agresivo y eficaz. Ya sabes, con la hija de un juez federal uno nunca
puede fiarse. Hay muchos bufetes de primer nivel que estarían encantados de
complacer al viejo James Covington y, sinceramente, creo que debes temer lo
peor por parte de Gloria.
- Gracias Kevin, espero que
no sea necesario llegar a eso.
- Ah, el joven Kevin, tan
retorcido como siempre – intervino el almirante – lo cierto es que tiene toda
la razón hijo, su trabajo le ha preparado para reconocer los peligros
domésticos que nos rodean en este mundo. Por cierto Kev, ¿Cómo van las cosas en
la oficina?.¿A quién estáis estrujando ahora?.
- Bueno almirante, podría
decirse que estamos a punto de abordar el galeón del tesoro chino - la leve
sonrisa torcida y los ojos de helado color azul pálido del directivo del Fondo
Monetario Internacional, evocaron la expresión de un auténtico pirata en pos de
su presa - Estamos reforzando la presión sobre su moneda para debilitar aún más
su posición. Esos orgullosos orientales han sufrido mucho en los últimos
tiempos y esperamos que firmen un acuerdo ventajoso dentro de poco. Desde luego
no están en condiciones de resistir mucho más.
- Vaya, vaya, parece que nuestros ejecutivos son unos
chicos duros de verdad – observó el almirante socarrón, mientras su yerno
miraba orgullosamente a todos los presentes con una gran sonrisa fanfarrona –.
Espero que no nos llevemos todos una sorpresa. No es buena idea azotar una y
otra vez al mastín, si la correa que lo sujeta es demasiado fina.
- La correa aguantará señor.
Y el mastín acabará por tumbarse en el suelo panza arriba dando lametazos y
suplicando clemencia. – el ejecutivo del FMI hablaba ahora con una vanidad sin
disimulos – Estados Unidos por fin ha afianzado su poder absoluto sobre el
sistema financiero mundial y no permitirá que se nos vuelva a arrebatar.
Además, este no será el primer gigante que eliminemos, recordad lo que sucedió
con los soviéticos. No negaré su mérito, señor, - dijo respetuosamente
dirigiéndose al almirante – como patriota admiro a nuestras fuerzas armadas, en
especial a nuestra Marina de Guerra, la más poderosa del mundo con diferencia.
Sin embargo, los reveses financieros y comerciales que podemos infringir a
nuestros adversarios, harán innecesario el uso de la fuerza en el futuro.
- Eso quizá pueda funcionar
con los chinos, - contestó Charles – pero dudo mucho que se pueda controlar a
los islamistas mediante ofensivas financieras. Hace años que se está intentando
congelar su financiación sin éxito alguno.
- Bueno –Kevin parecía algo
más inseguro en el resbaladizo terreno del terrorismo islámico – hay que
reconocer que esos malditos terroristas siguen consiguiendo fondos de no se
sabe dónde. Parece que tienen más amigos de los que creemos y es muy difícil
descubrirlos.
- Di más bien que el propio
sistema financiero internacional, que se basa en el secretismo y la dudosa
legalidad de los movimientos de capital, os impide localizar las vías de
financiación.
- Que Dios te oiga, yerno –
el viejo anfitrión parecía no estar muy seguro a juzgar por su grave expresión.
– Aunque creo que aprobar leyes de deportación genéricas no tiene mucho que ver
con los principios democráticos de nuestra gran nación y además, supongo que
causará un gran malestar en los pocos aliados musulmanes que nos quedan.
- Por Dios, Chester. ¿Ya
estáis hablando de esos horrorosos terroristas?. Te pedí que no hablaras de
temas desagradables con los chicos. Para una ocasión que tienen de verte – la señora Morris
parecía ahora realmente enfadada.- Bueno, despedíos de Christine, Kevin y el
niño, se van ya.
- Está bien Anne, no te
sulfures – después de las despedidas, se dirigió a sus hijos y les puso animado
la mano sobre sus hombros, mientras los conducía hacia otra sala – Bien
señores, pasemos nosotros a la biblioteca para tomar un coñac y dejemos a las
mujeres tener una conversación civilizada sin nuestra molesta presencia. Estas
presunciones de Kevin me han recordado una edificante historia que quiero
contaros hijos.
La biblioteca, de estilo victoriano, era una habitación cálida y
confortable, repleta de estantes de pesada madera noble, cubiertos de viejos
tratados navales y lujosas ediciones de Melville, Poe y Kipling. Sobre la
pequeña chimenea, destacaba una reproducción a escala de la fragata USS Adams,
botada en el puerto de Nueva York en 1799 y ligada muy estrechamente al pasado
de la familia.
El almirante sirvió unas copas de coñac y bourbon a los presentes y,
tomando asiento en un mullido sillón junto al fuego, miró a sus hijos con aire
grave.
- Creo que nunca os conté la
historia de cómo entró nuestra familia en la II Guerra Mundial.-
saboreó su coñac con especial deleite, ya que la señora Morris sólo
le permitía hacerlo en muy contadas ocasiones.-
No se trata de la típica historia del abuelo que disparó su metralleta a
los Zero en Pearl Harbour, mientras maldecía la infamia de los japoneses –
esbozó una triste sonrisa en su cansado rostro – No hijos, vuestro abuelo, que
en paz descanse, estaba por aquellos entonces sirviendo como segundo oficial
del destructor USS Edsall y llevaban más de dos años observando cómo se daban
leña los japoneses y los chinos, sin sospechar la magnitud de lo que se les
venía encima.
Los dos jóvenes marinos, sentados frente al anciano, le escuchaban
atentos, pues sólo en muy pocas ocasiones y de forma muy vaga, se les había
contado lo que fue de su abuelo durante la guerra.
- Aún recuerdo cuando se
despidió de nosotros a finales de noviembre – continuó el viejo almirante. -
Por aquella época, él estaba destinado en Filipinas y vivíamos en un cómodo
barrio residencial, de estilo occidental, a las afueras de Manila. En aquella
ocasión, salió como solía hacer, de noche y casi sin despertarnos. Dándonos un
tierno y largo beso en la frente, a mí y a vuestra tía Agnes. Yo tenía por
entonces unos diez años y era ya difícil que no me enterara de las partidas de
mi padre, pese a la discreción con que se trataban en nuestro hogar. Gracias a
esto, aquella noche no dormía y pude despedirle desde el porche, junto a
vuestra abuela. Él se reía mucho por mi cara de sueño y mis pelos alborotados.
Era un viaje de rutina para patrullar con los ingleses durante un mes. Con una
sonrisa se despidió de nosotros hasta Navidad, prometiendo traer regalos desde la exótica Malasia.
El viejo almirante miraba absorto el fuego, mientras revivía los lejanos
recuerdos de aquellos duros tiempos. Sabía que sus hijos no conocían la
historia, que nunca quiso o pudo contarles. Pero esa noche, pese a todo, debían
conocer lo que ocurrió. Era un anciano de ochenta y seis años y no podía
confiar ya en volver a ver a sus hijos, que partían hacia destinos lejanos en
tiempos revueltos, como hizo su padre en su día.
- Jamás volvimos a verle.
Unos días más tarde, mientras se dirigían hacia Singapur, se produjo el ataque
a Pearl Harbour. En poco tiempo, los japoneses llevaron el fuego y la guerra
por todo el Pacífico y una semana después de la partida de vuestro abuelo,
invadieron las Filipinas. De la noche a la mañana, se pusieron a diez millas de
nuestra casa, de donde tuvimos que salir corriendo, prácticamente con lo
puesto, en medio de ataques aéreos que intentaban hundir los numerosos vapores
que evacuaban a los norteamericanos hacia Australia. Aún recuerdo cuando el
primer buque en el que conseguimos subir, fue alcanzado dentro del mismo
puerto, hundiéndose poco a poco entre los gritos de los heridos, la sangre y el
chillido del vapor saliendo de las calderas reventadas. Pero el caos era
tremendo y nadie parecía advertir otro naufragio más. Al fin, los botes de otro
vapor nos sacaron del agua al límite de nuestras fuerzas, con vuestra abuela
herida en una pierna y la
pequeña Agnes completamente aterrorizada.
Nuevamente el silencio cubrió la biblioteca, ahora los tres hombres
miraban pensativos las llamas del hogar.
- En Australia ingresaron a
vuestra abuela en un hospital y cuando le dieron el alta poco después, nos
trasladaron a Hawai, sin que hubiéramos tenido noticia de vuestro abuelo. Sólo
sabíamos que el USS Edsall estaba encuadrado en la flota conjunta aliada que
estaba evacuando las Indias Holandesas.
- El USS Edsall, - dijo
Charles - ¿No fue ese uno de los destructores que perdimos en la Batalla del
Mar de Java, padre?.
- Cierto hijo. Vuestro abuelo
murió el 1 de marzo de 1942, tres meses después de despedirse de su familia
sonriendo y sin saber que no volvería a vernos jamás. Se hundió con su barco,
alcanzado repetidamente por los grandes cañones de los acorazados japoneses,
que aquel día pulverizaron a la flota conjunta aliada. Sólo cinco hombres de la
tripulación sobrevivieron y fueron hechos prisioneros por los japoneses. Rezo a
Dios porque vuestro abuelo no fuera uno de ellos, sus esqueletos decapitados se
encontraron diez años después en una isla de Indonesia.
Los jóvenes se miraron en medio de un silencio reflexivo y triste.
Aunque conocían vagamente la historia de la desaparición de su abuelo durante
la guerra, no podían imaginar que aquella ola de destrucción desatada
repentinamente con semejante brutalidad, había estado tan cerca de eliminar a
toda su familia.
- Ahora, hijos míos, debéis
partir en vuestros barcos hacia lejanos destinos. Como entonces hizo mi padre,
nos despediremos como hombres en paz que esperan volver a encontrarse pronto.
Sin embargo… – el anciano les miró con rostro grave – Hijos, los enemigos de
nuestro país son cada vez más fuertes y decididos y sus motivos para iniciar un
terrible enfrentamiento no hacen más que aumentar. Ya habéis escuchado a Kevin,
estamos adoptando una posición de fuerza que no contribuye en nada a apaciguar
los ánimos. Nuestro país golpea con furia y soberbia numerosos avisperos que
pueden llegar a darnos un grave disgusto - el anciano almirante adoptó un tono
confidencial – Hace unos días me visitó el viejo Jason Peakock, ya sabéis, el
padre del actual Jefe de Estado Mayor de la Marina y Presidente de la Junta de
Jefes de Estado Mayor. Según parece vuestros barcos no son los únicos que salen
a ultramar, esta misma semana y en las siguientes un número de buques muy
superior al habitual serán enviados a distintas partes del mundo para reforzar
nuestra posición.
- Nadie osará atacarnos
directamente padre – le respondió con aplomo el hijo mayor- No se arriesgarán a
ser aplastados. En realidad, aunque estemos actuando como el abusón del
colegio, creo que Kevin tiene razón, si no nos imponemos acabarán por
arrinconarnos y sumirnos de nuevo en la crisis. Espero que
esté en lo cierto y que, finalmente los gobiernos absolutistas de China y las
repúblicas islámicas no puedan resistir la presión y dejen paso a democracias
auténticas, donde se respeten los derechos humanos de sus ciudadanos y no se
intente acaparar la economía mundial con el esfuerzo de millones de esclavos.
- Estoy completamente de
acuerdo con Charles, señor – intervino el hijo pequeño – Tenemos la obligación
de luchar para derribar a los que apoyan el terror y la falta de derechos
humanos. ¿De qué sirve todo el poder de nuestro país, si no lo empleamos en
erradicar el mal del mundo. Es una causa justa, como la que teníais en aquella
lejana guerra donde murió el abuelo. ¿No lo recuerdas padre?.
El anciano, que había permanecido cabizbajo mientras hablaban sus hijos,
contemplando serio su copa, pareció volver de un lugar muy lejano y suspirando
miró a aquellos dos jóvenes, apuestos, sanos, inteligentes y honrados. Con un
rayo de lucidez, comprendió que ellos eran lo único importante que había
logrado en su vida, lo único que quedaría de él cuando la muerte se lo llevara.
Su mirada se nubló por la emoción, mientras con voz quebrada intentó
advertirles de la sombra que empezaba a cubrir su viejo corazón.
- Por supuesto que recuerdo
aquella lejana guerra, pocos quedan ya que la recuerden como yo. Por eso
percibo que de nuevo las familias se congregan ante los noticiarios de la
televisión y las últimas horas de Internet, como antes lo hicimos ante la
radio, escuchando nerviosos pero a la vez intrigados, las preocupantes noticias
que llegan de varios lugares del mundo, donde unos pueblos amenazan a otros.
Las tensiones y odios acumulados durante décadas se perciben en el ambiente
como algo físico, a punto de explotar. De nuevo el odio, la ambición y el deseo
de atacar y triunfar anida en el interior de algunos países poderosos. Pero
ahora todo parece precipitarse con mayor rapidez hacia el desenlace. Las
democracias ya no intentan apaciguar a los violentos, sino que pretenden
derribarlos empleando su propia violencia y su poder económico. – los dos
jóvenes miraban preocupados a su anciano padre, al que jamás habían visto tan
sombrío.
- Soplan vientos de guerra
hijos míos. Ahora partiréis como otros miles y miles de jóvenes de este gran
país que nació del deseo de libertad, igualdad y justicia. Todos vosotros sois
la terrible herramienta que Estados Unidos se verá obligado a usar, para hacer
prevalecer la democracia y los derechos humanos en el mundo, quizá también para
defender nuestra propia forma de vida y la de nuestros aliados.- El anciano,
con ojos llorosos se levantó y abrazó a sus hijos, que se habían incorporado
nerviosos, mirándose fugazmente, confundidos por las sombrías palabras y la
inusual tristeza de su padre.- No sé si volveremos a vernos, quizá la tempestad
de fuego esté a punto de abatirse sobre todos nosotros, como lo hizo en
aquellos lejanos días en Filipinas. En todo caso, debéis saber que estoy
orgulloso de vosotros y sé que defenderéis honrosamente los valores por los que
ha luchado nuestra familia durante cinco generaciones.