La noche, como una mortaja fría y silenciosa, se extendía por las calles
sucias y mal iluminadas de un viejo polígono industrial a las afueras de Paris.
Más allá, se distinguían sobre el horizonte las grandes rampas de cemento de
una autopista, cubierta por el intenso tráfico, habitual a aquellas horas. El
resplandor dorado de la enorme ciudad cubría el cielo a lo lejos, por encima de
la oscuridad de los suburbios. Surgiendo
lentamente desde la corriente del tráfico, un par de luces se dirigieron hacia
aquel apartado lugar, describiendo una amplia curva sobre los sombríos
edificios.
Años atrás, aquella zona había conocido la vitalidad y el impulso de la
industria europea, formando parte de los cinturones productivos en torno al
área metropolitana de la gran urbe. Por entonces, millones de vatios iluminaban
las noches, descubriendo una frenética actividad y un constante ir y venir de
vehículos. Miles de operarios salían y entraban a sus turnos de trabajo,
manteniendo abiertas las factorías durante
casi las veinticuatro horas del
día.
Sin embargo, ahora todo era distinto, una extraña calma se adueñaba del
silencioso y abandonado lugar. La oscuridad se extendía sobre calles y
edificios, apenas interrumpida por la mortecina luz de alguna farola, aún
intacta junto a sus inservibles compañeras. El tímido cono de luz de una de
ellas, descubría sobre un viejo muro graffitis llenos de rabia: Cierre...
Deslocalización...Huelga... Gritos petrificados del pasado, momificados en
grandes letras rojas que formaban palabras aún envueltas por un halo de
desesperación. Ahora aquellas agitaciones y convulsiones quedaban atrás,
perdiéndose en la bruma del pasado, al igual que aquel muro se perdía más allá
del cono de luz, entre las sombras bajo las farolas rotas.
El presente descubría aquella zona como un gueto deprimido, una tierra
de nadie entre la urbe y sus ciudades dormitorio, dominio de jóvenes
pandilleros que usaban ocasionalmente sus apartados rincones para beber
alcohol, drogarse o desguazar vehículos robados. La policía hacía mucho tiempo
que desistía de patrullar por allí. En realidad, no había ya nada que proteger
e intentar atravesar los barrios marginales que rodeaban la zona industrial,
suponía arriesgarse a recibir una lluvia airada de piedras, insultos e incluso
disparos.
Pero aquella noche, al final de una larga calle sin salida, los muros de
una antigua fábrica ocultaban en su interior una extraña actividad. Las luces
del camión que entraba en esos momentos en la gran explanada, iluminaron
brevemente antes de apagarse, una escena furtiva que se desarrollaba en plena
oscuridad. Sobre las rampas del muelle de carga de la fábrica, silenciosas
figuras se introducían furtivamente en el interior de grandes camiones
comerciales que, como modernos caballos de Troya, recibían su carga de
guerreros.
Junto a los camiones, un turismo estacionado en las sombras cercanas
parecía esperar. En su interior, ocupando el asiento del copiloto, un joven
fumaba pensativo mientras observaba como iba finalizando aquel extraño
embarque.
La juventud de Amin Gouard no invitaba a pensar que estuviera al mando
de todo aquello, pero bastaba una mirada a sus ojos, para descubrir la tensión
que le dominaba. El rostro estaba cubierto por una espesa barba, que apenas
lograba ocultar la enorme responsabilidad puesta sobre sus hombros.
Hijo de inmigrantes argelinos, se
había criado en los suburbios norteafricanos del este de París. Allí, un
ambiente cada vez más enrarecido por la creciente pobreza, el desarraigo de las
nuevas oleadas de inmigrantes y la violencia del crimen y su persecución; acabó
prematuramente con su niñez endureciendo su carácter.
Durante las grandes algaradas callejeras de 2005, recordadas por la
quema de miles de vehículos en los suburbios de París y otras ciudades de
Francia, Amín, pese a ser aún menor de edad, destacó por su capacidad para
organizar incursiones planificadas de grupos armados con cócteles de gasolina.
Su pandilla de una docena de valientes jovenzuelos, que solía compensar su absentismo
escolar, con el asalto a vehículos para robar piezas y motores, se aplicó
alegremente a las tareas de la revuelta con el mismo entusiasmo que desplegaban
en sus pequeños hurtos. Dirigidos por Amín, su líder natural, lograron en pocos
días atacar e incendiar varios vehículos policiales e incluso una comisaría,
burlando repetidamente el toque de queda sin ser interceptados por la policía.
A partir de aquellos sucesos, algunos personajes importantes de los
círculos integristas locales se pusieron en contacto con él, sondeando su
interés por unirse a la lucha de un modo más “oficial”. El joven Amin destilaba
entusiasmo y entrega, lo que junto a sus dotes naturales para el liderazgo, le
catapultaron hacia el clandestino circuito de entrenamiento islamista. Su
escasa devoción religiosa y decidida aversión a los excesos del fanatismo
islámico, no parecieron suponer un problema para sus mentores. Ellos sabían que
era un luchador nato, con una mente despierta e inteligente. Sin duda no les
costaría hacerle entender que todo aquello que odiaba, no era más que una parte
del mal que los occidentales estaban extendiendo.
Amín dio una fuerte calada a su cigarrillo, recordando la angustia de
aquellos días. Nadie hubiera creído por entonces que existiera una manera de
burlar a los servicios de inteligencia occidentales. Sus espesas redes de vigilancia
electrónica, su acceso a cualquier comunicación digital, a cualquier
movimiento, habían frustrado prácticamente todos los elaborados intentos de
inflingirles daño en sus propios países durante décadas.
¿Como evitar el desastre una vez más?. El joven musulmán recordaba la
impotencia general que les embargaba a todos por entonces, ante la evidencia de
que nada podrían hacer para superar el
poder de sus enemigos. Aquel pensamiento le trajo a la memoria los rostros
tensos y graves de todos aquellos hombres, sentados alrededor de la gran mesa,
sus deliberaciones llenas de pesimismo, mientras una música suave inundaba la
oscura sala de aquel hotel de lujo, junto a las aguas color turquesa del Golfo
Pérsico. Incluso allí, en territorio amigo, algunos no pudieron evitar una
mirada nerviosa hacia las ventanas, cubiertas por densas cortinas, como
intuyendo el ojo
vigilante de los ingenios electrónicos, apuntando hacia ellos sus letales
armas. Entonces la voz serena del hombre sentado junto a Amin, el mismo que
había supervisado su formación, empezó a contar lentamente una historia
aparentemente inconexa, una absurda colección de recuerdos sobre la última gran
guerra del siglo XX. El joven esbozó una leve sonrisa al acordarse de su propia
confusión en aquel momento, de su atrevimiento a girar la cabeza y mirar
fijamente a su mentor, envuelto en una mezcla de estupor y confusión. Pero tras
las veladas protestas iniciales, poco a poco aquellas palabras fueron captando
la atención de todos. Una creciente y asombrada atención.
Ahora, Amin miraba confiado a los grandes camiones llenos de hombres
armados, agradeciendo la sabiduría de aquel hombre, que les había conducido al
éxito. Utilizando las técnicas usadas por la resistencia francesa contra los
nazis, todas las células de combatientes conocían varias claves secretas, que
pondrían en marcha las diferentes fases de su futura movilización. Inocentes
versos de antiguos poemas, que algún día serían emitidos por las emisoras de
radio norteafricanas, habitualmente escuchadas con nostalgia por los millones
de magrebíes emigrados a Europa.
Viejas técnicas de un mundo lejano, de una guerra casi olvidada, en la
que no existían comunicaciones modernas, ni redes sociales, ni la tecnología
que constituía la trampa en la que ahora habían fracasado una y otra vez.
Miles de soldados ocultos lograron permanecer invisibles, como simples ciudadanos,
empleados en comercios, locutorios, puestos de comida rápida, mercerías y otros
pequeños negocios familiares, en el seno de los barrios musulmanes de toda
Francia. Pasaron los años y algunos incluso se casaron y tuvieron hijos, otros
enfermaron o murieron en accidentes. Pero ninguno volvió a viajar fuera de
Francia o a mantener contactos con personas fuera de su entorno. Ninguno empleó
jamás un ordenador, un teléfono móvil o una simple tarjeta de crédito. Se
camuflaron en la sombra más absoluta, en la cara oscura de aquella sociedad de
frenesí digital, donde permanecieron aislados de sus redes de comunicación, de
su dinero electrónico y de cualquier otra moderna tecnología que estuviera más
allá de su papel de simples campesinos africanos, perdidos en la metrópoli y
apegados con nostalgia a las emisiones de radio de sus países. El único eslabón
débil de aquella cadena era la necesidad de dotar a aquel ejército oculto del
armamento adecuado para poder ejecutar su sagrada misión.
Y aquí Amin tuvo un papel fundamental, ya que se acordó que fuera
responsabilidad suya conseguir el armamento necesario, una tarea prodigiosa y
casi suicida. Únicamente en los grandes arsenales militares podrían conseguirse
las armas necesarias para tantos. El único camino pasaba pues, por asaltar uno
de aquellos arsenales con un grupo de atacantes dispuestos al sacrificio,
lograr apoderarse de aquel enorme botín, ocultarlo y mantenerlo a salvo hasta
la fecha fijada.
La barba de Amin se abrió en una fugaz sonrisa cuando recordó su
reacción al serle encomendada aquella misión. Sólo las miradas graves y
desaprobatorias de todos aquellos hombres,
apenas visibles en la penumbra de la sala del hotel, consiguieron
hacerle reaccionar y ocultar la expresión aterrada que había asomado a su
rostro. Era casi una misión suicida y sin embargo, fue inmediatamente
consciente del honor y del reconocimiento a su capacidad que suponía haber sido
elegido.
Aún sentía el orgullo de aquella
carga, pero lo cierto es que casi le había superado. Al principio todo parecía
abocado al desastre, ya que no encontraban un sistema seguro que les permitiera
obtener las armas para el grupo que debía asaltar el arsenal. Los occidentales
detectaban todo movimiento de armas, por pequeño que fuera y en un par de
ocasiones, estuvieron a punto de desmontar toda la organización y llegar hasta
el mismo Amin.
Finalmente se ofreció la solución ante ellos, casi como un milagro.
Lograrían con ella traer las armas sin ser detectados, pero a cambio aquella
solución implicaba un gran sufrimiento para todos los que estuvieran
relacionados con ella y también la promesa de la muerte, una promesa imprecisa
y desconocida, pero cierta para muchos de ellos.
Los cuatro camiones cargados con residuos radiactivos provenientes de
Tayikistán y con destino a una planta de tratamiento especializada, hicieron el
viaje sin tropiezos, ocultando en su interior las armas. Las fuerzas de
seguridad occidentales no sospecharon nada, para ellos era impensable que
alguien pudiera ocultar armas en partidas contaminadas con niveles de radiación
letales y luego utilizarlas voluntariamente, con las consecuencias que ello supondría
para los que lo hicieran. No podían imaginar que los combatientes musulmanes
estaban preparados para sufrir las terribles secuelas radiactivas que
aparecerían a los pocos días o semanas. Al fin y al cabo, aquellos hombres
sabían que su destino llegaría mucho antes.
Amin esbozaba una leve sonrisa, invisible en su barbudo rostro, mientras
observaba con mirada orgullosa los grandes camiones llenos de hombres
condenados, esperando ya su orden de partir de aquel solitario polígono
industrial. La mentalidad occidental era una de sus principales aliadas. El
valor desmesurado que otorgaban a la vida humana, especialmente a las suyas,
les infundía un especial miedo a la muerte y a la violencia irracional. Su
moral, hipócrita y superficial, les llevaba a suponer que ninguna persona
civilizada, con estudios o respetable familia, pudiera albergar sentimientos
que le impulsaran a cometer semejantes actos. Podían admitir con apenas una
breve protesta, las repetidas noticias sobre ejecuciones de presuntos
“terroristas” con misiles lanzados desde un avión no tripulado, incluyendo
daños colaterales ya habituales, pero que alguien causase un número similar de
muertes a tiros en un centro comercial, vengando la muerte de sus hermanos
musulmanes, les parecía una aberración.
Para el joven Amin, estaba claro que los occidentales, inmersos en su
mundo de privilegios, se afanaban por ignorar todo lo que estuviera más allá,
por no advertir la determinación y el valor que nacían de la injusticia, la
humillación y la necesidad que sufrían muchos pueblos. Esa ignorancia, esa
indiferencia serían determinantes para sus planes. Amín creía firmemente en
ello y por eso sintió renacer su confianza justo antes de dar la orden de
partir.
Ahora, la primera pieza del gran tablero estaba a punto de moverse e
iniciar la partida estratégica en la que los musulmanes intentarían recuperar
la grandeza y el esplendor de los califatos perdidos en la bruma de la
Historia, doblegando de nuevo el poder occidental. Lentamente, el convoy de
camiones comerciales encabezado por el inocente utilitario, se puso en marcha
en dirección a la cercana autopista, cargado con el odio y la determinación de
todo un pueblo.
Apenas a cuarenta kilómetros de allí, el sargento Pidou, con más de
veinte años de servicio en el 34º Regimiento de infantería, se disponía a cenar
en compañía de la mitad de su pelotón, que ocupaba las instalaciones del cuerpo
de guardia del arsenal de la división, en el castillo de Nemours. Como siempre
a aquellas horas, lamentaba no poder contar con una comodidad tan universal
como un simple aparato de televisión, pero el anacrónico y anticuado castillo
carecía hasta de una simple antena receptora de TV.
Usado ya únicamente como almacén de un armamento tan anticuado como él,
principalmente fusiles de asalto y misiles antitanque de las últimas décadas
del siglo pasado; el robusto y frío castillo medieval sólo mantenía su retén de
guardia de 12 hombres, mientras que el verdadero arsenal de la división se
encontraba lejos de allí, en las modernas instalaciones de la base divisional,
con sus comedores, salones sociales, biblioteca y demás lujos fuera de su
alcance.
Pidou desechó aquella nostalgia y con un gesto delicado, alzó suavemente
el cucharón desde la gran olla y probó la sopa que contenía, degustando con gesto
de concentración. Asintió afirmativamente y gritó una perentoria orden a sus
subordinados, que cargaron presurosos con el gran recipiente y lo llevaron a la
mesa que dominaba el centro de la espaciosa cocina, vieja, fría y de techos
amplios y abovedados.
Mientras engullía la sabrosa sopa, el viejo sargento volvió a meditar
sobre su triste falta de comodidades. Aún recordaba el chapucero intento de
instalar una antena digital, idea de aquél estúpido de Cochons y de su primo,
ocasional vendedor de tecnología audiovisual de más que dudosa legalidad. El
tupido bosque de los alrededores y los gruesos muros de piedra del edificio,
obligaron a situar la estrambótica antena circular naranja en lo alto de la
torre del castillo, para sorpresa y disgusto del capitán Dechamps. Jamás en los
últimos siete años, había recibido un rapapolvo semejante de un superior,
aunque lo más insufrible era tener que soportar ese trato por parte de un
jovenzuelo que podría ser su hijo. Afortunadamente, sólo le quedaba un año más para
retirarse del servicio activo y pasar a la reserva. Una cómoda pensión y mucho,
mucho tiempo libre para disfrutar, viajar, pescar… O quizá, simplemente para
sentarse en un cómodo sofá viendo televisión, lejos de aquel odioso castillo.
Lo que no sabía el sargento Pidou, que saboreaba con aire ausente su
sopa, es que jamás cumpliría sus sueños de retiro ya que esa noche su destino,
en forma de un extraño convoy de grandes camiones llenos de silenciosos hombres
armados, se dirigía rápidamente hacia él.
La misma oscura noche, pero bastante más lluviosa y desapacible, se
cernía sobre el estuario del Támesis, al este de Londres. Un pequeño carguero
avanzaba silenciosamente hacia la gran urbe, remontando el río que desde tiempo
inmemorial le servía de arteria de comunicación con el resto del mundo a través
de los océanos. En el puente de mando del buque, un reducido número de hombres,
varios de ellos con prismáticos, intercambiaban nerviosas palabras mientras
observaban como se acercaba la lancha de la autoridad portuaria.
El carguero de bandera pakistaní, era un viejo conocido por aquellas
aguas. Hacía más de 25 años que realizaba puntualmente dos travesías anuales
entre la gran metrópoli occidental y el puerto de Karachi, donde cargaba sus
bodegas con una amplia variedad de productos tradicionales. La enorme colonia
pakistaní de Londres demandaba estos artículos, para poder mantener un modo de
vida lo más parecido posible a su país.
La orgullosa y susceptible sensibilidad de esta comunidad musulmana, al
igual que ocurría con otras pertenecientes a esta religión, se veía a sí misma
como un pedazo de su país sitiado en medio del caos de la cultura occidental.
Para muchos de los respetables cabezas de familia pakistaníes del Reino Unido,
estos barcos, con sus entrañables cargamentos de elaboradas artesanías,
revistas y libros en la lengua materna, refinadas telas y variados condimentos
e ingredientes; eran el cordón umbilical que les surtía de lo necesario para
hacer la vida cotidiana más llevadera, en medio de la terrible presión de sexo,
violencia y egoísmo que les rodeaba.
Desde luego, esta era sólo la impresión que embargaba a las generaciones
de más edad, educadas en una cultura antigua y tradicional, antagónica por
completo a la que les rodeaba. Desesperados, asistían a diario a una batalla
cultural con occidente, que estaban perdiendo sin remedio. Cada vez más
claramente, las nuevas generaciones de la comunidad pakistaní se alejaban de la
visión ortodoxa de su identidad tradicional, perdiéndose para siempre en el
torbellino occidental. El bombardeo cultural diario en los medios de
comunicación, les arrastraba sin remedio a lo que sus mayores consideraban una
cultura basada en el egoísmo personal, el yo y mi placer antes que lo demás, alejándoles de sus familias y comunidades.
Como reflejo de esta continua sangría, poco a poco el número de cargueros que
traían artículos desde Pakistán fue reduciéndose, hasta que sólo aquel pequeño
y viejo barco quedó para mantener el suministro.
Shahid Kalbir, el joven alto y silencioso que acompañaba al capitán del
carguero en el puente de mando, tenía
una visión especialmente dolorosa y cercana de esta disgregación de su mundo.
Como una herida en carne viva, el recuerdo de su hermana perdida y de la
espantosa vergüenza y deshonra que había infringido a sus pobres padres y a él
mismo, le atormentaba a diario. Aquella maldita no sólo se entregaba
sexualmente de forma impúdica, sino que, huyendo del entorno familiar, había
abortado para librarse del producto de su vergonzosa forma de vida.
Lo peor de aquellos recuerdos eran sin duda las terribles consecuencias
de la actitud de su hermana sobre sus padres. El respetado señor Kalbir no pudo
superar la traición y el deshonor de su amada hijita. Destrozado e incapaz de
llevar a cabo lo que la tradición exigía de él, se pasaba los días enteros
hundido en el sofá de la humilde casa familiar. Allí, sumido en el dolor,
contemplaba absorto una gastada foto, donde con varios años menos, recibía el
tierno beso de una dulce niña que le miraba con ojos llenos de amor.
Su madre, angustiada por la debilidad de su marido y por la desvergüenza
de su hija, para ella incomprensible tras toda una vida dedicada a la sumisión,
respeto y decencia que su cultura exigía de las mujeres, asistía a la progresiva
erosión del prestigio familiar entre la comunidad a la que pertenecían.
Finalmente, ordenó a su hijo Shahid, que por entonces estudiaba ingeniería en
una escuela técnica de Kensington y profundizaba en el conocimiento de su
religión en la madrassa de la mezquita del barrio, que fuera a buscar a su hermana para recriminarle duramente su
actitud y llevarla ante su padre.
Es curioso como los episodios especialmente humillantes de nuestra vida,
nos resultan tan insoportables que normalmente borramos su recuerdo, dejando
apenas unos breves retazos. Shahid sin embargo, guardaba celosamente en su
memoria la burla y los insultos de su hermana, cuando él le habló con la
autoridad del hermano mayor. No olvidaría el olor a alcohol de su aliento y la
descarnada risa cuando terminó suplicándole que visitase a su padre. “Es que
te parezco estúpida, si voy me matará o lo hará alguno de esos fanáticos. Jamás
volveré allí”- le dijo con desprecio, apurando la cerveza que se sirvió
sólo para ofenderle- “Ahora soy libre y hago lo que quiero. Pero tú no lo
entenderías nunca, pobre imbécil, te han echado a perder con sus malditos rezos
y su estúpido Alá”- Aquella terrible blasfemia convirtió la pena que sentía
en odio. La miró de nuevo, con sus labios provocativamente pintados, con ropas
que enseñaban casi todo su cuerpo y esa mirada altiva y orgullosa; y decidió
que ya no era su hermana, sino uno más de aquellos occidentales seducidos por
Satán. Tampoco olvidaría nunca la violencia del inglés que vivía con ella y de
los dos amigos que le acompañaban, cuando lo echaron del apartamento a golpes,
después de que le gritara, a aquella mujer que fue su hermana, lo que pensaba
de ella. Habían estado presentes durante toda la conversación, silenciosos y
tensos, esperando de forma evidente una ocasión para poder darle una lección al
fanático musulmán y cuando esta por fin se presentó, la aprovecharon a
conciencia. Mientras recordaba con amargura aquello, se acariciaba pensativo el
quebrado puente de su nariz, esbozando una mueca con los labios, que dejaba a
la vista una sonrisa helada de odio.
Poco después de aquello, su padre había perdido todo el respeto de la
comunidad ante su incapacidad para recuperar a su hija y lavar el honor
familiar ultrajado. Los amigos y vecinos distanciaron sus saludos y atenciones,
haciendo sufrir a su madre la silenciosa
humillación de sentirse repudiada. Con el tiempo y la falta de clientes,
perdieron el hasta entonces próspero negocio familiar y Shahid tuvo que
abandonar sus estudios y trabajar en una alejada gasolinera para poder llevar
un miserable sueldo al destruido hogar. Finalmente, su padre se había hundido
en una depresión tan completa, que acabó por conducirle a la demencia,
convirtiéndose en un viejo inútil y una carga diaria para su desgraciada y
silenciosa madre.
El Imán de su mezquita le acompañó durante los funerales de su padre y
en las oraciones que la comunidad ofreció a su desamparada viuda al día
siguiente. Luego, en la madrassa escuchó comprensivo el patético lamento del
joven arrasado en llanto, que era incapaz de comprender qué poderosa fuerza o
destino había aniquilado su mundo en apenas unos años. ¿Se trataba acaso de la
voluntad del Todopoderoso?. Pero el Imán, le reprendió severamente por su
debilidad, ¿acaso no advertía que era Satán el que había destruido a su
familia?. Aquel país maldito, como todos los occidentales, era una cloaca
inmunda en la que los puros, los fieles musulmanes, perecían ahogados por sus
enemigos. Era preciso limpiar aquella suciedad, destruir aquel reino de Satán y
vengar con ello la pérdida de tantos seres queridos, muertos en el deshonor o
condenados por el pecado. Debía unirse a los Hermanos y partir hacia el país de
los puros para recibir su destino.
De esa manera, tras enterrar a su padre y confiar el cuidado de su
desamparada madre al Imán, Shahid había tomado el único camino que le
ofrecieron para enjuagar su dolor y devolver el honor a su familia. Una fría
mañana años atrás, se había embarcado en aquel mismo buque con una misión que
iba a cambiar su vida para siempre.
Orgullo, ese era el sentimiento que le embargaba al recordar su estancia
en Pakistán, “el país de los puros”. Mucho había cambiado su patria en los
últimos años, desde que una revolución islámica, provocada por la represión
brutal de los militares prooccidentales, triunfara tras unas elecciones
burdamente amañadas, que encendieron la ira del pueblo. Ahora, sin llegar a los
absurdos extremos de los torpes talibanes, el estado islámico pakistaní había
demostrado que se puede ser un estado moderno, aplicando la ley islámica o
Sharia y rompiendo todos los lazos no necesarios con el mundo occidental,
corrompido por la lujuria y el dinero.
En los meses que permaneció allí, pudo comprobar como se habían
erradicado todos los focos de contaminación occidental. La economía seguía
ahora un modelo islámico, sin especulación financiera, sin corrupción ni
acumulación de riquezas a costa de prácticas abusivas o que fueran en contra de
la Sharia. La
pornografía y el alcohol occidental habían sido erradicados, lo que se traducía
en una disminución notable de la delincuencia, poco atractiva también por los
ejemplares castigos de la ley islámica.
El impulso a la ciencia y al conocimiento emanado de las universidades,
no se declaró en contra del Islam, tal y como habían hecho los ignorantes
talibanes, seguidores de la doctrina wahabita, sino que se adaptó a los
preceptos del Corán, con el fin de servir a sus mandatos. El país reforzó así
sus reservas de profesionales, técnicos y científicos; que pasaron a ser clases
sociales respetadas por todos. Las mujeres pudieron acceder a estas
profesiones, siempre que contaran con la autorización de sus maridos o padres y
mantuvieran el debido decoro y respeto para con sus colegas masculinos.
Shahid había quedado gratamente impresionado por todo aquello. Pero
Occidente, asustado por la inmediata progresión del ejemplo pakistaní a otros
países como Egipto y Argelia, atacaba económicamente a Pakistán y al resto de
países islámicos, en una batalla financiera y comercial que aquellos sólo
podían perder. Sin embargo, a diferencia del pasado, ahora los musulmanes veían
un camino de esperanza y unidad. Había llegado la hora de devolver los golpes y
aplicar la vieja y justa fórmula del ojo por ojo.
Aquella línea de pensamiento le devolvió a la realidad. La tensión
en la cabina de mando del carguero crecía conforme el grupo de inspección de la
autoridad portuaria accedía al buque. En pocos minutos, los cuatro británicos,
con uniformes oscuros y linternas, llegaron al puente. El capitán del viejo
carguero les saludó cortésmente en un excelente inglés:
- Buenas
noches caballeros, un tiempo horrible, ¿no es cierto?.
- Sin
duda capitán- respondió el oficial al mando de los recién llegados,
curiosamente bastante más joven que los demás- Si no es inconveniente, sería
estupendo que uno de sus oficiales acompañara a mis hombres a las bodegas. Ya
sabe, pura formalidad - añadió como disculpándose ante un viejo conocido.
- Desde
luego que sí- el capitán hizo un rápido gesto a uno de los presentes, que
mostrando la salida con un brazo extendido, indicó a los británicos el camino.
Poco después salieron dejando sólo al joven oficial.
- ¿ Me
permite que le ofrezca un té en la sala de bitácora, mientras le muestro el
registro de carga y los certificados de aduana?.
- Oh,
excelente idea capitán, es usted muy amable. - los ojos del joven se iluminaron
agradecidos, un té caliente era particularmente atractivo en aquella fría y
desapacible noche.
Los dos hombres pasaron a la sala de bitácora, situada al final del
corto pasillo que se extendía hacia popa. El joven Shahid les siguió silencioso
pero con paso decidido. Una vez dentro de la pequeña camareta, dominada en su
centro por una mesa cubierta de cartas de navegación, se situó tras el joven
oficial británico y le degolló con un rápido movimiento. Mientras el capitán,
que había cedido cortésmente el paso, volvía hacia el puente de mando,
ahorrándose la horrible escena.
Después de depositar lentamente en el suelo el cuerpo inerte, Shahid limpió
y guardo el gran cuchillo bajo su camisa, intentando olvidar la horrible
sensación de su hoja rasgando los órganos del joven europeo. Luego cerró la
puerta de la camareta y se dirigió rápidamente hacia la escalera de acceso a la
cubierta de estribor. El aire helado de la noche y las finas gotas de agua
sobre su rostro le reconfortaron, llevándose definitivamente las náuseas que le
dominaban. Conforme lo previsto, dos marineros pakistaníes se encontraban junto
al británico que vigilaba la escalerilla de acceso a la patrullera que colgaba
del costado del carguero. Los musulmanes, hablando un perfecto inglés colonial,
conversaban animadamente con él, mientras fumaban unos cigarrillos. Sin
embargo, el marinero no parecía muy interesado en hablar y mantenía una actitud
visiblemente tensa. Aunque era imposible que supiera el triste final de sus
compatriotas, no le gustaba la extraña locuacidad de los pakistaníes,
normalmente silenciosos y esquivos. Shahid, recordando las técnicas aprendidas
en sus cursillos intensivos en Pakistán, se acercó rápidamente esbozando una
amplia y amistosa sonrisa, mientras les pedía un cigarrillo a los otros. Nada
más llegar a una distancia suficiente, con un rápido movimiento asestó una
terrible puñalada al británico en el lado izquierdo del pecho, matándolo
instantáneamente.
Visiblemente nerviosos, los marineros del carguero se apresuraron a
retiraban el cuerpo del desdichado infiel. Mientras, Shahid se dirigió a un
bulto cercano, tapado con una lona. Dentro había una especie de maleta
alargada, de cuyo interior el joven sacó un lanzacohetes ruso RPG-29 y una
granada pintada de verde y naranja. Por fin había recuperado la serenidad ante
la muerte y eso le llenaba de una satisfacción tranquilizadora, ahora estaba
seguro de poder cumplir su destino. Con movimientos seguros, insertó la granada
en la varilla propelente y todo el conjunto en el tubo de lanzamiento; cogió el
arma y se la colocó en el hombro mientras se acercaba rápidamente a la borda. Cuando se
asomó por ella, tuvo una visión cenital de la cubierta de 16 metros de la
patrullera británica, en la que aún debían estar el resto de occidentales y su
sistema de comunicaciones. Si aquel cohete termobárico hacia lo que le habían
mostrado sus instructores, no había por qué preocuparse.
Siguiendo lo aprendido en su entrenamiento, apuntó al hueco de una
escotilla de acceso a la cubierta inferior y apretó el gatillo. El proyectil
detonó en el interior del buque, expandiendo su carga letal de combustible
gaseoso, que reaccionó con el oxígeno del aire convirtiéndolo en una bola de
fuego. La violenta reacción química se extendió en una fracción de segundo por
todos los espacios internos de la patrullera, incluidos los pulmones de las
personas que había en su interior. La enorme explosión produjo una gran
abolladura en el costado del carguero, en el que se abrió una vía de agua de
tamaño considerable. Sin embargo, aquello no le importó a nadie en el viejo
barco, su destino estaba ya sellado.
Quince minutos después, tres grandes lanchas planeadoras, equipadas cada
una con una batería de motores fueraborda, habían sido depositadas
sucesivamente en el agua por la gran grúa central del carguero. Las dos
primeras, con un comando de ocho hombres armados, partieron velozmente hacia la
orilla norte del río, en dirección a la cercana central eléctrica de Tilbury.
Hacia el oeste se adivinaban ya las luces azules y rojas de varias lanchas de
la policía que se acercaban rápidamente. La tercera planeadora, con Shahid como
único ocupante, se dirigió hacia la orilla sur, refugiándose en el laberinto de
embarcaciones fondeadas frente a los muelles de Gravesend.
Apenas había conseguido llegar junto a la embarcación más cercana, una
enorme gabarra carbonera, cuando un helicóptero apareció de la nada, horadando
frenéticamente las aguas del río con su potente foco. Shahid, que acababa de
apagar el motor de su lancha, sintió el frío aliento del pánico en su nuca. Sin
embargo, el helicóptero apenas prestó atención a los muelles, dirigiéndose
rápidamente al centro de la corriente, donde entre la oscuridad de la noche
atrapó con su luz al carguero pakistaní. Las dos lanchas de la policía y la
patrullera fluvial de la armada que se acercaban a toda marcha, encendieron
también sus focos y se desplegaron en abanico frente al carguero.
Shahid estaba aterrorizado, no habían esperado una reacción tan rápida y
con semejante despliegue de medios. Por un escaso margen de apenas unos
segundos no había sido descubierto y ahora estaba allí atrapado entre el casco
de la gabarra y la lancha de policía situada más al sur, apenas a 100 metros de él.
Afortunadamente, los ingleses concentraban toda su atención en el viejo
carguero, ya visiblemente escorado. En la baranda exterior del puente de mando,
el capitán, iluminado por los focos, contestaba con un megáfono a las
apremiantes órdenes de los occidentales. Shahid enfocó al viejo marino con los
pequeños prismáticos que colgaban de su cuello, mientras colocaba la otra mano
en el botón de encendido de los motores.
El capitán, cegado por las luces de los focos, no podía ver si aquellos
perros estaban lo suficientemente cerca o habían mandado ya botes para abordar
su viejo barco. En la mano izquierda manoseaba nervioso el disparador eléctrico
sin poder decidir cuál era el momento apropiado. Finalmente, al ver que el
helicóptero giraba a lo lejos y se disponía ha realizar una nueva pasada a baja
altura sobre el carguero, tomó una decisión. Con movimientos lentos, tal y como
habían acordado, alzó el megáfono y lo lanzó en una gran parábola en dirección
a los barcos que le rodeaban, extraño y pueril gesto que no podía poner sobre
aviso a los acosadores, pero suficiente para alguien que estuviera observando
más allá. Veinte segundos después, justo cuando el helicóptero pasaba por
encima de la popa de su buque, el capitán detonó las cuatro toneladas de
explosivos que transportaba. Shahid notó la explosión y la ola de calor a su
espalda, mientras se alejaba en dirección a Londres a más de sesenta nudos,
libre ya de toda oposición. Su rostro endurecido por la determinación,
reflejaba la frialdad del verdugo que se dispone a ejecutar una sentencia
inamovible.
Al otro lado del Canal de la Mancha, Amin Gouard se dirigía en aquellos
mismos momentos hacia la plazoleta exterior del castillo de Nemours. Allí, en
el camino de entrada desde la carretera, las luces intermitentes de las llamas que consumían la
caseta del puesto de guardia, iluminaban los cinco grandes camiones, con sus
puertas traseras abiertas de par en par, que recibían una constante sucesión de
cajas y bultos, aportados por medio centenar de hombres. Los cuerpos de los
soldados franceses y de varios asaltantes se encontraban esparcidos entre el puesto
de guardia y el castillo. El ataque había sido rápido y contundente, sin dar
posibilidad a los occidentales de lanzar una señal de alarma. Afortunadamente,
todos sus sistemas de comunicaciones se encontraban en la caseta de la entrada,
eliminada en el primer intercambio de fuego.
Sin embargo, Amin estaba bastante tenso. La operación de carga estaba
siendo más lenta de lo previsto, sin contar con que no había un número
satisfactorio de misiles anticarro, apenas dos docenas de sistemas con signos
de haber sido ya usados en algunas maniobras. Dominado por estos pensamientos,
observaba la triste figura del viejo sargento francés, tirada a pocos metros de
la puerta del castillo. Con varios agujeros de bala en su voluminoso cuerpo,
sus ojos de un azul pálido, casi gris, miraban al cielo vacíos. La boca permanecía
abierta, junto a una prominente nariz que apuntaba a lo alto, aún con la
servilleta sujeta al cuello de su guerrera y la pistola reglamentaria aferrada en
la mano.
Aquel maldito comilón se las había arreglado para abatir a dos de sus
hombres con aquella pequeña pistola, recordó Amín irritado. Quizá los
occidentales, aún siendo claramente unos decadentes, no fueran tan fáciles de
dominar como esperaban. Aún más deprimido por este pensamiento, alzó sus ojos
hacia las copas de los grandes árboles que rodeaban el castillo, mientras pedía
fuerzas a Alá para poder cumplir satisfactoriamente todo lo que se esperaba de
él.
Apenas una hora después del furioso combate, los cinco camiones fueron
completamente cargados con más de sesenta toneladas de armas y municiones. Era
más que suficiente para armar a todas las células de combatientes que
aguardaban las contraseñas para ser movilizados. Pero aún no era el momento,
ahora debían poner todo aquello a buen recaudo y esperar a que todo el revuelo
pasara.
Los camiones partieron rápidamente, mientras los hombres armados que los
habían cargado, tomaban posiciones para resistir hasta el final. Amín, subiendo
de un salto a su vehículo, se despidió de ellos con un “Alá Akbar” cargado de
orgullo. El sacrificio de aquellos valientes desviaría la atención de los
occidentales el tiempo suficiente para poder esconder el precioso cargamento.
Cuando finalmente los eliminaran y pudieran comprobar que faltaban las armas
del arsenal, ya sería tarde para rastrearles.